Las prisas nunca son buenas consejeras ¿o era compañeras? El caso es que no suelen venir nada bien, y menos cuando tenemos entre manos la misión de observar con detenimiento la ciudad que nos rodea. Uno de los lugares en los que la gente suele ir más estresada es precisamente la Estación de Atocha. Ya sea porque las personas llegan tarde, o porque acaban de arribar, el caso es que pocas veces la gente frena sus pasos para admirar la hermosa estación que tenemos.

Para ser justos con ella he querido dedicarle la postal de la semana a este escenario de encuentros, abrazos y lágrimas de despedida. La Estación de Atocha es especial, risueña. Un símbolo más semántico que visual de Madrid. Pero ahí está, ayudando al desarrollo de la ciudad desde que se fundase en el año 1851 como un sencillo embarcadero. Pasaron los años y con ellos las cifras de pasajeros fueron en aumento. Había que construir una estación en condiciones y a la altura del uso que se le quería dar.

Es así como, en 1892 se consigue estrenar la fantástica estación que hoy tenemos. Una interminable nave central de ladrillo y elementos de hierro de aspecto decimonónico que alcanza los 150 metros de largo por los 27 de alto. El cuerpo de la que fuese llamada Estación del Mediodía, es un espacio desmesurado. Una construcción de semblante serio a la que le alegran los días su jardín tropical, de 4.000 metros cuadrados y 7.000 ejemplares de plantas. El contraste entre el verde vergel y el marrón de los muros funciona a la perfección. Dando una agradable sensación de armonía.

Son casi 18 millones de pasajeros los que, cada año, pasan por ella. El problema es que pocos le dedican unos segundos a reconocerle su hermosura. Para ello, daremos uso a esta bonita imagen, de marcp_dmoz. Así entenderemos que, la Estación de Atocha, además de su funcionalidad,  es otro más de los encantos de Madrid.

La Estación de Atocha

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