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Hoy se cumplen 436 a√Īos del nacimiento de un madrile√Īo ilustre como Francisco de Quevedo. Un personaje muy singular cuya vida estuvo salpicada de numerosas curiosidades

Su trabajo remozó la cara de un Madrid que pedía un cambio a gritos, hoy muchos de los grandes atractivos turísticos de la Villa llevan la firma de un mismo hombre, Juan de Villanueva.

Un lugar donde el silencio y la historia caminan de la mano

No tiene fachadas de postal y tampoco posee comercios que merezcan, por sí solos, una visita. Es humilde y austera. Sin embargo, aguarda con timidez a que alguien se atreva a descubrirla, consciente de lo mucho que gana en las distancias cortas. En sus escasos 75 metros de longitud, se respira historia y sosiego, motivo que la hacen una de mis calles predilectas de Madrid, la Calle del Codo.

Cobijada en las entra√Īas del Madrid de los Austrias, se trata de una peque√Īa callejuela que une la Plaza de la Villa con la Plaza del Conde de Miranda. Su mayor m√©rito es haber permanecido casi intacta con el paso del tiempo, apenas una tienda de alquiler de bicicletas y un sal√≥n de belleza se han atrevido a romper el hechizo que esconden sus muros.

Su nombre se lo otorg√≥ el Marq√ļes de Grabal ya que hace un giro de 90¬ļ, como si se tratase de un brazo. La placa que adorna esta callejuela caracter√≠stica del Madrid de los Asutrias nos muestra el dibujo de un brazo con una armadura medieval. Con echar un simple vistazo a esta ilustraci√≥n nos hacemos una idea n√≠tida del trazo que adopta la calle.

Sus muros esconden secretos de rufianes y buscavidas, cortesanos y espadachines. Testigos mudos de aquellos sucesos son la Puerta de la Torre de los Lujanes o el Convento de las Carboneras (llamadas así porque veneraban una imagen de la Virgen de la Inmaculada encontrada en una carbonería). Pasear por este romántico lugar nos brinda la oportunidad de aislarnos del bullicio y recorrer el pasado del Madrid sin alborotos ni enjambres de japoneses.

Ya sab√©is adem√°s lo mucho que me gusta incluir an√©cdotas para terminar de esculpir mis historias y mi querida Calle del Codo no pod√≠a ser menos. Seg√ļn cuentan las cr√≥nicas de la √©poca, uno de sus transe√ļntes m√°s ilustres fue el escritor del Siglo de Oro, Francisco Quevedo, quien adopt√≥ la insana costumbre de orinar en esta callejuela siempre que volv√≠a de parranda, adem√°s con la man√≠a de hacerlo siempre en el mismo portal.