Hay calles que no necesitan demasiado para sentirse especiales .Viven orgullosas de sus andares y del sendero que regalan a las personas. Una de ellas es la Calle del Espejo, que vive acurrucada en el Madrid de los Austrias, un sube y baja castizo, de caras animadas y alma tímida.

Caminar por esta zigzagueante calle fue una de las primeras cosas que me contagió y transmitió esta pasión por Madrid. Recuerdo recorrerla fascinado, con la sensación de estar descubriendo una ciudad que hasta entonces había permanecido oculta ante mis ojos y conocimiento. Desde la Plaza de Isabel II, con vistas al Teatro Real hasta llegar a la Calle de Santiago, un paseo relajado, de muy pocos decibelios y con la extraña sensación siempre de estar rodeado de mucha historia.

La Calle del Espejo nos brinda, de forma inconsciente, una postal obligatoria. A las puertas de un portal, una inesperada y coqueta fuente de piedra. Siempre me ha dado la sensación de que está totalmente fuera de contexto, de venir de otra época. Sin embargo, el sonido continuo del agua brotando desde lo más alto, en armonía con el silencio que se apodera de la escena tiene un efecto relajador y balsámico en el caminante. Más aún cuando uno se imagina el bullicio que a no muchos metros de aquí se apodera de sitios como la Puerta del Sol o la Plaza Mayor.

Esta ondulante travesía, por estar en el corazón del Magerit medieval, hace que sea uno de las mejores ubicaciones para seguir la pista a la muralla cristiana que defendió el núcleo urbano en el Siglo XII bajo el reinado de Alfonso VII. En los números 10 y 14 de la calle se pueden encontrar retazos de este muro defensivo, especialmente en el segundo, en el que se puede apreciar un fragmento de hasta 2,5 metros de altura.

La Calle del Espejo es sencilla, callada y guarda con celo su forma de ser. Paséala, disfruta de cada paso y entenderás que poco tiene que ver con el entorno que le rodea.

Calle del Espejo, Madrid.

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