Una mirada que aglutina cinco siglos de vida. Un momento que se congela ante nuestros ojos. Otra forma de observar Madrid no demasiado trillada y que, sin embargo, nos proporciona instantes sublimes. Hoy atravesamos uno de los accesos históricos de la Villa para admirarla como se merece, con respeto y distancia. Y con enorme cariño.

Confieso que no soy muy habitual por estos entornos, a pesar de que las veces que me he lanzado a recorrerlos, he disfrutado muchísimo y viendo imágenes como la que tenemos hoy en la postal de la semana me vuelvo a preguntar ¿Y por qué? Es cierto que ahora, con las temperaturas en notable descenso, es un paseo un tanto atrevido, muy descubierto y frío, pero en cualquier caso, vistas así merecen todo esfuerzo.

En esta impecable imagen de Jose Manuel Azcona tenemos un doble paisaje. En primer término el Puente de Segovia, el más antiguo de los que se mantienen en pie en Madrid. Un acceso con prestancia y señorío, que se construyó en 1584 y cuyas obras ascendieron a un presupuesto de  200.000 ducados. Su diseño original es de Juan de Herrera, autor por ejemplo de El Escorial, y aunque ha sufrido las lógicas y necesarias remodelaciones (incluso fue explotado durante la Guerra Civil). Ahí sigue, dando paso y ventajas a una ciudad que anteriormente lo miraba desde la distancia y que hace mucho lo engulló.

Sobre una franja verde, se destapan el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, coronando una visión sutil y cálida. Buena culpa del calor que desprende esta mirada es de esas farolas encendidas que, a primera hora del día o a la última, según se mire, se enredan en un tórrido romance con los cielos de Madrid. El resultado habla por sí mismo. Llamado originalmente Puente Segoviana, su visión desprende historia, la vida se disfraza vertiginosa sobre su tablero mientras que para él no avanza el tiempo.  Y que no pase nunca.

Puente de Segovia

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