Mucho se dice sobre Madrid en que es especialista en recibir a gente de fuera con los brazos abiertos, sacando a relucir su vertiente más hospitalaria y acogedora pero, ¿Sabíais que entre sus muchos hijos adoptivos se encuentra la hija de todo un faraón de Egipto? Una anécdota sorprendente más que añadir al álbum de secretos de esta ciudad.

Fue el egiptólogo Esteban LLagostera quien realizó este sorprendente hallazgo en el año 1995. Resulta que detrás de una pizarra de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, se acumulaban distintos objetos e instrumentos. Así fue como se descubrieron los restos de una momia, sin vendas ni nada que la identificase, sólo una pequeña inscripción en la que se podía leer “San Carlos”.

Según pudo averiguar este investigador, aquellos restos pertenecían, nada más y nada menos, que a Isis, una de las hijas de Ramses II y quien falleció a los 14 años víctima de una tuberculósis, su padre fue uno de los faraones más célebres, quien ostentó el cargo durante 66 años en el Siglo XIII a.c y quien tuvo más de un centenar de hijos e hijas con sus reinas y favoritas. La pregunta es, ¿Cómo llegó a Madrid la hija del faraón y por qué terminó completamente olvidada en un aula de la universidad?

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Por lo visto, a que fuese sacerdotisa del Templo de Amón en Tebas, llegó a la capital de España en el año 1884 después de la mediación de Eduard Todá, cónsul español en Egipto en aquel momento (aunque otras fuentes apuntan a que llegó de contrabando). El caso es que una vez en suelo madrileño fue destinada al Hospital de San Carlos. Allí, en un aula magna se realizó una espectacular y solemne ceremonia, propia del nivel de su protagonista. Ante la mirada atónita de los asistentes (políticos e intelectuales de la época), se abrió el ataúd de cedro policromado en el que venía recostada, se le retiró la máscara de oro que portaba, se extrajeron los objetos de su ajuar y desprendieron las vendas que, atención, posteriormente fueron cortadas en pedacitos más pequeños y repartidas a modo de “recuerdo” entre los asistentes, como quien se lleva una postal a modo de suvenir.

Con el paso de los años, y después de esta salvaje profanación, la pobre Isis fue perdiendo interés y cayendo en el olvido hasta que, como indicaba al inicio, terminó con sus huesos, nunca mejor dicho, detrás de una pizarra de la Universidad Complutense. Para comprobar la autenticidad de sus restos se hizo una prueba de ADN con su divino padre. Gracias a los resultados, la momia recuperó su identidad para siempre pero ¿Qué ocurrió con la máscara de oro que cubría su rostro? Me temo que ése secreto jamás será revelado.

Universidad Complutense

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