Entre las calles de Huertas y la de Atocha, nos espera un ensanchamiento urbano, con aspiraciones de plaza, conocido como la Plaza de Matute. A mi parecer es, uno de los recodos más agradables de todo el Barrio de las Letras. Y como suele suceder en cualquier rincón del viejo Madrid, vale mucho más por lo que calla que por lo que exhibe. Sirva este post para refrescar su historia y destacar los diferentes puntos de interés que regala al peatón.

Esta escueta plaza, hoy alto en el camino ideal por sus terrazas y ubicación, arrastra su denominación al menos desde comienzos del siglo XVII ya que así aparece nombrada en el Plano de Texeira. Sobre esta de llamativa denominación hay dos teorías, como suelo hacer en estos casos, yo os menciono ambas y cada uno que decida cuál le gusta más. La primera nos cuenta que este espacio se llama así por ser el apellido del dueño de estos terrenos, un tal Matute. La segunda versión (mi preferida) nos obliga a consultar la RAE y es que, según ésta. “Matute” significa “Introducir géneros en una población sin pagar el impuesto de consumos». Y es que, según las malas lenguas, en esta placilla se vendía género de estraperlo, o matute. Por eso podría ser que aún hoy la conozcamos así.

De planta triangular, su alma bohemia y artística, sale a relucir en cuanto indagamos un poco en su pasado. Vecinos suyos fueron José Zorilla, el pintor Jenaro Pérez Villamil, del que os hablaré de nuevo un poco  más adelante, o el mismísimo Miguel de Cervantes. Aquí estuvieron además las oficinas e imprentas de El Imparcial y de La ilustración de Madrid (dónde colaboraban los hermanos Bécquer) ambas puestas en marcha en la segunda mitad del siglo XIX por Eduardo Gasset, abuelo de José Ortega y Gasset. Como veis, cultura y vida no le ha faltado a este lugar, y más hubiese tenido si hubiera fructificado el proyecto de instalar aquí un teatro, como se planteó en el siglo XVIII, pero dicha idea fue finalmente desechada o si aún permaneciese abierto el café El Imparcial, recordado por congregar a lo más ilustre del mundo del flamenco, a finales del siglo XIX

Peatonal, alegre y comedida, destaca hoy por sus locales de gastronomía y cafés y por contar con algún comercio de gran valor, como la librería Desnivel, auténtica referencia para los amantes de la naturaleza y montaña. Una visita a la Plaza de Matute no está completa sin una última mirada a su vecino más fotografíado, la casa de Pérez Villaamil. Uno de los escasos ejemplos de arquitectura modernista de la capital, mandada construir en 1908 por el ingeniero Enrique Pérez Villaamil (nieto de Jenaro, el pintor que os mencioné hace unas líneas). Una casa que, da valor a esta bonita plaza mientras que pone en relieve los muchos secretos y andanzas que lleva tras de sí.

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