El silencio más puro de Madrid, esa es la impresión que me transmite y me llevo a casa cada vez que transito de noche por la Calle del Codo, una callecita que guarda un especial significado para mí. Ella fue la primera en abrirme los ojos y en hacerme despertar de mi letargo, conocer otro Madrid era posible, todo dependía de mí y de mis ganas de pasear y deambular por sus calles. Como señal de agradecimiento me comprometí a visitarla siempre que pudiera, un estéril intento por rescatarla de su enigmática soledad.

Parapetada tras uno de los laterales de la Plaza de la Villa, la Calle del Codo nos transporta en el tiempo sin hacer apenas ruido. Es dar unos pasos por su angosto trazado y uno ya tiene la sensación inmediata de estar descubriendo un lugar diferente. Quizás lo único que se le pueda echar en cara a esta callecita sea que la regresión dure tan poco debido a su escaso tamaño.

A pesar del par de comercios que en ella se ubican es complicado pasearla y cruzarte con otra persona. Casi siempre nos propone una cita íntima, envuelta en una soledad que, personalmente, me parece hasta reconfortante. Sólo en un absoluto silencio a uno le da por divagar y tratar de poner rostros y acciones a las cientos de peripecias y confidencias que seguro callan sus muros.

La Calle del Codo siempre resulta una visita agradable por la historia y el ambiente que nos evoca pero si la ocasión os lo permite, os invitaría a pasearla de noche, despacio, midiendo cada paso. Es uno de mis destinos preferidos cada vez que se apaga el día. Haciendo caso omiso a los ecos que llegan desde su vecina Plaza Mayor, este lugar despierta sensaciones que ningún otro hace y se empeña en demostrarnos que hay otro Madrid que no sale en las guías turísticas pero que nadie debería perderse.

La Calle del Codo, Madrid

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