Una placita de pueblo con uniforme cosmopolita, un lugar donde no hay que perder detalle. La Plaza de la Luna coquetea como un funambulista sobre el alambre con varias realidades a la vez, por eso, me gusta sentarme en cualquiera de su fríos bancos, ponerme mi capa mágica y sentirme invisible. Así la disecciono durante un buen tiempo sin que nadie pueda verme, un lugar atiborrado de contrastes, en el que merece la pena posarse.

Imagino que este lugar os sonará a todos, pero si la galban del lunes todavía tiene confundido a algún presente en la sala mencionaré que este secreto se ubica en las traseras de Gran Vía, a la altura de Callao, de espaldas al Palacio de la Prensa. El nombre con el que figura en el callejero de Madrid es el de Plaza de Santa María Soledad Torres Acosta. Sin duda, una denominación mucho más incómoda y menos evocadora que su acepción más extendida. Nombre que le viene dado por los ya apagados Cines Luna, bautizados a su vez por la Calle Luna que brota de este lugar.

Plaza de la Luna , Madrid

Hoy no quiero hablar tanto de la historia más pura de este espacio y sí de las sensaciones que despierta en el paseante. Siempre despierta debido a un constante traqueteo de personas, cuando le miras a los ojos puedes percibir cierta melancolía en ellos. Bordeada por los característicos edificios bajos de la zona, rompe ese bonito equilibro la moderna comisaría de Policía que en ella se levanta y un intento de jardín colgante que merece tiempos mejores Pero quizás el choque más llamativo de todos es el que litigan la Iglesia de San Martin de Tours y el revolucionario Gymage. Sus estilos no pueden ser más diferentes, sorprende ver la fachada y torres de ladrillo y a continuación, deportistas a pleno rendimiento en la acristalada sala de máquinas. El culto del cuerpo y el culto religioso compartiendo tabique. Los públicos de una y otro no pueden ser más antagónicos. Curioso ver a las personas mayores del barrio salir de misa y cruzarse con figuras esculpidas envueltas en prendas flúor y bolsas de deporte.

Plaza de la Luna , Madrid

Pero éste no es el contraste más sorprendente de cuantos se lidian en esta plaza. El más llamativo lo encontramos sobre sus ennegrecidas baldosas de dibujo reticular. Alborotados sobre ellas, siempre que el horario escolar lo permite, decenas de niños juegan al balón y emprenden diabluras sobre ruedas, su barullo es un leve riesgo para el viandante que decide atravesar el centro de la plaza. La presencia de todos estos pequeños choca de bruces con las no pocas meretrices que se dejan ver, con paso armónico y memorizado, por la plaza. Buscan clientes, o los clientes las buscan a ellas. Así, se destapan fugaces conversaciones a la vista de todos que habitualmente terminan con paso acelerado, destino a un portal franco. Es ahí hasta donde llegan mis atentos y curiosos ojos.

La Plaza de la Luna intenta sonreír, cada vez tiene más motivos para ello: terrazas, niños, locales que se renuevan. Una lenta transformación que a golpe de ilusiones va coloreando su gris pasado. Aún así, todavía falta para que la mutación sea completa del todo en este entrañable lugar, de situación privilegiada y sueños rotos. Hasta ella llegan los ecos y sirenas de una Gran Vía que parece no acordarse de ella más que cuando sus destellos se reflejan en los pequeños espejos que usan las prostitutas para retocarse el maquillaje. Es ahí cuando caes en la cuenta de lo cerca y lejos que a veces conviven los distintos mundos en Madrid. Es ahí cuando dejo de ser invisible y decido regresar a la realidad de la gran ciudad.

Plaza de la Luna, Madrid

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5 comentarios

  1. Yo la utilizo para descansar en mi trabajo de repartidor en bicicleta por la ciudad, es un sitio ideal para quedar con algún compañero, comentar las anécdotas diarias y esperar tranquilos a que nos llamen para hacer un reparto y salir como ratas entre las calles tranquilas de la vieja ciudad, escapando del bullicio de Gran Vía y la ajetreadas calles preciados, del carmen o montera. Las meretrices al igual que la plaza de la Luna (realmente se llama de otra manera de cuyo nombre nadie logra acordarse) son ajenas a los cambios en la ciudad, me da la sensación que con la iglesia son lo más antiguo de la plaza.

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