Si en nuestros días algún enclave de Madrid puede ser tachado de “colorido” ese es Lavapiés, fama ganada a pulso por sus exóticos comercios y habitantes, llegados desde cualquier rincón del planeta. Quizás es por ello que cuando me topo con el innegable pasado en blanco y negro de esta zona uno no puede evitar sentir cierta dosis de fascinación al desempolvar estos recuerdos.

La imagen de este martes nos acompaña hasta la Plaza de Lavapiés. Lugar de encuentro de vecinos, ágora del Madrid más castizo y llano. Hoy es un espacio por el que apenas flotan demasiadas ilusiones o sueños, sin embargo hace tiempo tampoco lo hacía, pero precisamente porque sus azarosos ocupantes, como podemos observar, tampoco tenían tiempo para muchas divagaciones.

Hoy nos trasladamos al año 1917 y hemos tenido la suerte de caer en día de mercado lo que nos regala una escena especialmente bonita. Vemos a varias mujeres que parecen regresar a sus labores después de hacer las pertinentes compras en los puestos ambulantes. Otro de los grandes reclamos de la foto es el paisano que sujeta a su mula cargada hasta los topes de mercancías, seguramente desplazado hasta el mercado con las alforjas llenas de deseos. En segundo plano se desarrollan escenas cotidianas que todo el que haya visitado un mercado de este tipo habrá experimentado en sus propias carnes. El vendedor que trata de engatusar a posibles clientes, los viandantes que pasean calmados sin ninguna intención de comprar… todos cumplen con su rol, un papel que nunca les hizo falta ensayar.

Lavapiés ha perdido con el paso de los años su esencia pero el recuerdo de este tipo de situaciones y momentos aún se respira por sus calles. Posiblemente por eso, a pesar de las nuevas oleadas de vecinos y modas, quien quiera contagiarse del Madrid más genuino, siempre deberá dirigir sus pasos hacia él.

Plaza de Lavapiés 1917, Madrid

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