Dicen que las comparaciones son odiosas pero resulta que en el caso de muchas de las plazas de Madrid, cuando analizamos el presente y pasado de muchos de sus espacios abiertos al público, dicho calificativo en ocasiones se queda hasta corto.

La oficialmente denominada Plaza de Isabel II, también llamada durante algún tiempo como Plaza de Prim, es una fija en mis paseos por Madrid, un lugar excepcionamente ubicado pero que no resulta nada práctica por estas fechas, en las que el calor no da tregua alguna y no ofrece sombra alguna al peatón. A su favor si diré que, al contrario de otras de las muchas plazas duras que nos encontramos por la capital, ella sí que tiene bancos pero sin una salvadora sombra que los acompañe en estos días su uso se ve casi como una temeridad.

Casi siempre repleta de gente esconde numerosos secretos, especialmente bajo su gris suelo. Un lugar con importante peso entre el colectivo madrileño y del que hoy conocemos su faceta de finales del Siglo XIX, entonces presentaba un aspecto que nada tiene que ver con el actual. Suelo con hierba y tierra, vallada, numerosos y frondosos árboles y hasta un pequeño kiosco en su interior.

No cabe duda de que aquella Plaza de Ópera tenía mucha más personalidad y carácter que la actual, su diseño invitaba a quedarse en ella y a formar parte de su paisaje. Una opción que ahora, con estas olas de calor que nos consumen la vida, se hace totalmente inviable.

Plaza de Ópera, Madrid

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