Lo admito, envidio a Alfonso XII. Poder disfrutar en soledad de uno de los espacios más demandados de Madrid, noche tras noche, amanecer tras amanecer es algo que todos los que sentimos cierto apego por la Villa, deseamos. Él lo lleva haciendo desde junio de 1922 cuando quedó oficialmente inaugurado el monumento que homenajea a su persona. Cada día, cuando las cancelas del parque de El Retiro bloquean el acceso a los visitantes, él, dialoga entre susurros con este pulmón madrileño y le cuenta sus preocupaciones e inquietudes.

Momentos de celosa intimidad que podemos claramente imaginar gracias a esta foto de Ana Villamuelas. En ella el monumento más grande de la capital, con unas dimensiones que van desde los 86 metros de largo a los 58 de ancho, se hace cómplice de una noche profunda y sentida. Él y su reflejo buscan encontrarse en una imagen que baila, entre el sueño y la realidad. Entre el mundo que percibimos a través de nuestros sentidos y el que se nos resbala por el inconsciente, cada vez que cerramos los ojos.

Estamos acostumbrados a ver y asimilar el Parque del Retiro bajo la luz del día, cuando sus verdes senderos (o rojizos, según la estación) nos proponen caminos interminables en busca de paz. Sin embargo, su lado más noctámbulo es menos conocido y huidizo. Por eso he tenido a bien compartir para esta entrega de la postal de la semana, este recuerdo nocturno de Madrid. Tan efímero y eterno a la vez que produce vértigo. Como todo lo que emociona y sacude a esta escultural ciudad.

El Parque del Retiro de noche

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