Un Madrid de distancias cortas, de escasos límites. Aquel día la ciudad se había despertado entre brumas, lo que imposibilitaba deleitarse con sus habituales horizontes, pero aquello, para la mayoría de sus ciudadanos daba igual. La íntima compañía de las nubes no era suficiente para detener el día a día de una urbe que se presentaba casi espectral.

En el tramo inicial de la Calle de Alcalá, los hermosos edificios correspondientes a La Equitativa y al Banco de Bilbao dan forma a una estampa que suda una tímida tina de pesadumbre. Los tranvías de fondo y un atrevido conductor en su elegante coche dan algo de vida a una calle que, de no ser por ellos, parecería extrañamente muerta.

La imagen fue tomada por el gran fotógrafo portugués Antonio Passaporte en el año 1930 y vale la pena detenerse en ella unos cuantos segundos, para sentir así, el traqueteo de las ruedas del coche sobre esa aquella piel de Madrid cosida con adoquines. Para notar ese extraño silencio que de vez en cuando corretea libre por las calles de la Villa. Un Madrid, tan diferente que no parece el nuestro. Pero que no os parezca imposible o una quimera. Esta ciudad tiene tantos estados de ánimo como almas y nunca dejará de sorprendernos. El día que lo haga, ya no será ella.

Calle Alcalá de 1930 , Madrid

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