Es la perspectiva más grandilocuente de Madrid, la que separa sus dos mundos y contempla su finísima frontera. A ras de suelo el asfalto, un océano oscuro y desgastado sobre el que se apoyan a diario miles de almas. Un universo que apenas ocupa una franja de tres o cuatro metros sobre el firme. Casi todo ocurre en ella, una capa en la que la urbe no se cansa de bombear historias.

En el horizonte el Edificio Carrión nos vigila sin clemencia, dueño de nuestros pasos, consciente de su privilegiada atalaya. Allí, donde este icono de Madrid se levanta, se descubre el más bello telón, un azul cielo ¿o un cielo azul? ambicioso e infinito. No me canso, ni cansaré jamás de este contraste, la mirada que siempre busco cuando cruzo la Gran Vía. La que revela sus miedos y virtudes, la que hace que cada vez que la contemples te enamores, una miguita más de Madrid.

Gran Vía desde el suelo, Madrid

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