La Calle de la Escalinata cada día se despierta tristona, una melancolía que la hace especialmente atractiva en mitad de un laberinto de calles alegres y resultonas. El motivo de su pena no lo tengo claro, quizás sea el hecho de la paradoja que ahora vive en nuestros días. Pasó de ser un espacio destacado y relevante en la Villa y Corte, no olvidemos que en ella es posible divisar varios lienzos de la muralla cristiana que envolvió Madrid, a quedar relegada a un anodino tercer plano. Y claro, el descenso a los infiernos y al anonimato, siempre escuece.

No obstante, su salud llegó incluso a presentar un estado peor, tal y como nos relata Pedro de Répide en su libro ‘Las Calles de Madrid’, “Destruidos los jardines y las fuentes que llamaban del Peral, quedó en este lugar un profundo barranco, sitio que favorecía grandemente a los malhechores, por lo que fue necesario atajarlo con una empalizada de madera”. Es decir, maleantes y gente con no muy buenas intenciones hicieron de ella su habitat natural, por suerte, aquello ya pasó.

Nace en la Plaza de Isabel II hasta que se difumina al separarse en la Calle del Bonetillo y la Calle de Mesón de Paños y su rasgo más característico es el marcado desnivel que salva. Apoyado desde la barandilla que  tanto ha hecho por su nombre se contempla una preciosa panorámica, un horizonte digno de brillo que algunos grafitis han intentado emborronar.  Un acantilado rebosante de historia que siempre me roba unos segundos cuando me acerco a saludarle con la esperanza de que me reciba con una sornrisa que nunca llega.

Calle de la Escalinata

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