Con los reflejos veraniegos Madrid sufre su enésima conversión. La luz corretea libre por los senderos de la Villa, dejando a su paso una estela blanquecina, que aclara la paleta cromática y sensorial de nuestra ciudad. Un paisaje bonito pero sólo apto para los exploradores más valientes.

Una circunstancia que se deja sentir de forma notable en lugares como el que visitamos hoy, la Calle de Concepción Jerónima, embarcada entre la Plaza de Tirso de Molina y la de Jacinto Benavente. Esta imagen del gran Manuel Revilla retrata de modo fiel ese Madrid de calles finas, fachadas rojizas y coquetas viviendas de no excesiva altura. Un micro universo de varios siglos de antigüedad, que se calla mucho más de lo que nos dice.

Al pasar por estos lugares da la sensación de que estas edificaciones siempre estuvieron ahí y que la única variedad con el paso de los años es la renovación continua de los negocios que florecen en sus bajos. En esta hermosa fotografía apreciamos tres niveles claramente diferenciados. Un primer mundo de tonos grises, las viviendas de vestido carmesí y culminando esta pirámide capitalina, un cielo azul, vivo y despierto. Un inesperado orden en pleno caos.

Es imposible no mirar los chapiteles que destacan en el horizonte, dos presencias afiladas que corresponden a la parte trasera del Palacio de la Santa Cruz, actual sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Levantado entre 1629 y 1636, su estilo herreriano de ladrillo visto ha logrado contagiar, con su elegancia y peso histórico, todo cuanto le rodea en la imagen. Una mirada, la de esta Calle de la Concepción Jerónima, que se descubre ante nuestros ojos con un amable ofrecimiento. Que a pesar del calor y de los muchos grados que nos envuelven, sigamos paseando por las calles de Madrid, tomando las precauciones adecuadas por supuesto. Ahora, en verano Madrid nos sigue ofertando caminos desiertos y secretos casi en exclusiva. Habrá que dar buena cuenta de ellos.

Calle Concepción Jerónima

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