Lleva ahí mucho tiempo antes de que la ciudad se empeñase en ahogarle. Los orígenes del Parque del Retiro se remontan a mediados del Siglo XVII y lo que hoy es un oasis verde perfectamente acotado, como el jardín de una casa de campo, siglos atrás disponía incluso de un mayor tamaño.

Su perímetro de 4,5 kilómetros encierra  118 hectáreas de historias, senderos, monumentos y secretos. Lo más fascinante de él, al menos lo que a mí me parece, es que una vez atraviesas cualquiera de sus accesos, te olvidas por completo de la ciudad que dejas a tus espaldas. Madrid desaparece por momentos cuando las copas de sus árboles y sus respectivas sombras te cubren, y es en ese preciso momento, en el que te das cuenta del inmenso valor de este parque.

Mientras paseas por dentro del Parque del Retiro el tiempo amenaza con detenerse, todo cuanto te rodea parece ir más despacio y, sin quererlo, hasta tu estado de humor mejora. Esos son los claros síntomas de que te estás dejando llevar por la magia y embrujo de este emblemático espacio de Madrid. Son tantas las vivencias y relatos que acumula que uno no puede evitar sentir cierta devoción al ver este parque desde el cielo, merced a esta preciosa captura de Emilio Naranjo. Todos tenemos un recuerdo, una cita o un suspiro anclado a él.

Recorrido a ras de suelo parece inabarcable, con un montón de alternativas por descubrir e investigar. Sin embargo, ese vértigo se transforma en cariño al observar esta alfombra vegetal desde las alturas. Su siempre animado estanque parece un inocente charquito y sus elementos más reconocibles estiran los cuellos para salir en la foto. Una imagen en la que entiendes mejor que nunca aquello que dicen que el Retiro es el pulmón de Madrid, una isla rodeada de ladrillo y asfalto. Un tesoro que desprende paz y serenidad incluso a unos cuantos metros de altura.

El Retiro desde el cielo

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