Cada mañana es mi primera toma de contacto con Madrid. Nuestro primer saludo, nuestro primer cruce de miradas. Basta una veloz oteada a ese cielo revoltoso para saber si he acertado o no con la ropa, unas veces por exceso y otras por quedarme corto. La Plaza de Pedro Zerolo, hasta hace bien poquito conocida como Vázquez de Mella, nos regala un aspecto bien distinto a primera hora del día, en relación al concepto habitual que la gente tiene de ella, cuando la percibe habladora e inquieta.

Invadida desde media mañana por las terrazas de los bares que la bordean, es al despertar el alba cuando se destapa ante nosotros como un bosque inanimado, sin alma. Numerosos elementos verdes de quita y pon que no alcanzan a ocupar la gris realidad que se acomoda bajo nuestros pies. Un intento desesperado de tratar de minimizar otro frío escenario capitalino. Enormes maceteros repartidos de modo indisciplinado que le dan un toque anárquico a un entorno delicado. Mientras avanzo, siempre miro la sesera del Edificio Telefónica, todavía incandescente en azul, tras otra larga noche de insomnio y vigía sobre Madrid.

Esta explanada, ubicada entre la Gran Vía y la Plaza de Chueca, una vez se llena de vida no descansa hasta ya avanzada la madrugada. Un descanso efímero del que solo disfrutamos unos pocos afortunados. Los que, día tras día, transitamos por ella, esquivando algún noctívago que otro, de camino al trabajo.

Me considero un auténtico afortunado de poder transitar por lugares así cada mañana, un paseo que me ayuda a afrontar el día con más energías si cabe. Una postal que obviamente, por las horas en las que está tomada, parece reclamar unos minutos más de sueño, acurrucada bajo las sábanas pero, tal y como vemos, Madrid no pierde la sonrisa ni recién sacada de la cama.

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