Hicieron durante muchísimos años una labor encomiable, ardua y poco o nada valorada. Hablo de las miles de lavanderas que, día tras día, plegaban sus piernas a orillas del río Manzanares para dejar impolutas ropas ajenas. Personas que demasiadas veces tenían que soportar, además de unas condiciones de trabajo durísimas, habladurías y desprecios, casi consideradas unas parias en aquel Madrid vetusto y trasnochado.

Hay que decir que hasta 1860 no llegaron a la Villa las primeras casas con agua corriente, en el Barrio de Salamanca. Así que hasta que este lujo se convirtió en algo habitual en las viviendas de la capital, es decir, ya entrado el Siglo XX, las lavanderas siguieron acarreando con su cometido bajo cualquier condición climatológica, con ahínco y esfuerzo, dejándonos recuerdos como el que hoy contemplamos.

La fotografía de esta semana nos trae a la memoria aquel Madrid apolillado que tan bien identificó Pío Baroja. Una imagen del año 1885 en la que se nos pone en bandeja un contraste tremendo. En primer término un grupo reducido de lavanderas cumplen con su labor junto a un rudimentario puente de madera que da la impresión de poder venirse abajo en cualquier momento. Junto a ellas, cuelgan al sol decenas de prendas, la mayoría blancas, buscando recibir la atención de los rayol del sol, para secarse cuanto antes.

Detrás de ese entramado de telas, palos y humildad vemos que asoma el Palacio Real. Un universo y un estilo de vida bien distinto. Dos mundos separados por unos cientos de metros, con fronteras invisibles, las que precisamente, más daño producen. Las dos caras de una misma moneda llamada Madrid. Una hermosa foto que nos revive uno de los paisajes más comunes y auténticos del la capital en blanco y negro. De algún modo, un sencillo homenaje para todas aquellas luchadoras, de manos agrietadas y enorme coraje de las que hoy la ciudad apenas se acuerda.

Lavanderas en el Manzanares, Madrid

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