Castañera en Madrid, 1920La señal más prematura de cuantas anuncian la inminente llegada del invierno es la de los puestos de venta de castañas asadas que, de un año a otro, vuelven a instalarse en las calles de Madrid, casi siempre repitiendo emplazamiento. Una invasión silenciosa que nos abre las puertas de la estación más fría del calendario y que hace unos siglos, tal y como descubriremos hoy, estuvo muy próxima a desaparecer para siempre.

Es complicado describir lo que uno siente cuando camina refugiado en su abrigo, con las manos bien ahondadas en sus bolsillos y de pronto percibe el reconfortante aroma de las castañas asadas. Un olor capaz de evocarnos una buena colección de recuerdos y sensaciones que, en la mayoría de los casos, termina con la adquisición de uno de esos cucuruchos de papel, en cuyo interior, ya sea en forma de docena o de media docena, viene nuestro caliente y humeante manjar.

La figura de las castañeras (antiguamente este trabajo era casi exclusivo de las mujeres) ha sido siempre una de las más repetidas en aquellos fríos inviernos de Madrid. Sus endebles puestos de venta en el mejor de los casos estaban cubiertos de finas chapas de maderas como único escudo ante el azote del gélido viento madrileño. Su monótona vida, en torno a un hornillo, nos hace viajar al Madrid más costumbrista y sencillo. Por fortuna hoy sus habitáculos de trabajo están mucho mejor rematados pero como os decía, tanto unos como otros estuvieron cerca de extinguirse por siempre de las calles de Madrid.

Resulta que hace cuatro siglos, en una sesión municipal celebrada un 3 de diciembre (el año exacto no he podido localizarlo) se decidió que las castañeras, y sus humeantes puestos, no volvieran a instalarse nunca más en las vías de la Villa. La medida que se acordó fue que las castañas, desde ese momento, sólo se podían vender y despachar en los distintos puestos de fruta de los mercados, tanto las asadas como las cocidas. Una mala noticia para todas aquellas castañeras de rostros y manos ya curtidos por el frio que tenían en este fruto marrón su modo de subsistencia.

Además, el Ayuntamiento para disuadir a estas mujeres a que volviesen a montar sus sencillos puestos de castañas en cualquier esquina o rincón de Madrid dictó una pena que consistía en una multa de mil maravedís a lo que había que sumar un año de destierro de la Corte. Sin embargo parece que el tesón de las castañeras no sólo pudo con el frio de Madrid si no que además logró esquivar y sobreponerse a la particular cruzada del Ayuntamiento de la Villa contra ellas.

Hoy, tantos años después de aquello podemos seguir disfrutando del inconfundible aroma y sabor de las castañas en las calles de Madrid, por ejemplo en la Glorieta de Quevedo o en la Plaza de Ópera. La existencia de estos puestos es uno de los símbolos más agradecidos de nuestro invierno, sin ellos, algo se nos quedaría vacío.

Castañera en Madrid

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