La fachada rojiza de la iglesia de San José, situada en la Calle de Alcalá 43, fue lugar de uno de los relatos más inexplicables que tuvieron como escenario Madrid. Para conocerlo, toca retroceder al año 1853. Época en la que las clases más pudientes y exclusivas aprovechaban la más mínima ocasión para celebrar suntuosas fiestas.

Estamos en uno de esos eventos sociales, en concreto en uno que tuvo lugar en uno de los salones del Teatro de los Caños del Peral por motivo de los carnavales. Al ser una fecha tan señaladas, todos los invitados visten elegantes disfraces. Entre ellos deambula ligeramente perdido un joven diplomático extranjero que se encontraba de paso en la ciudad y que había sido invitado al festejo por medio de una amistad.

Al ser prácticamente nuevo y no conocer a nadie, no tardó en apartarse un poco del epicentro de la fiesta y se sentó en una silla. Llevaba un rato mirando con atención a la gente cuando llegó una dama que acaparó toda su atención. Vestía elegante y cubría su cara con un delicado antifaz de terciopelo negro. No obstante, aun así llamaba la atención la excesiva palidez de su tez. Cuando bajó la mirada se percató de que la enigmática chica portaba una rosa blanca en la mano.

Ella, como si tuviese ojos para ningún invitado más, se dirigió de manera decidida a por el forastero y ambos intercambiaron varias frases. Un diálogo muy corto que la chica se encargó de dar por cerrado con un tajante: “Sígueme”. Él no dudó en aceptar su propuesta y juntos se lanzaron a un paseo nocturno por Madrid. Surcaron la calle Arenal, la Puerta del Sol  y enfilaron la Calle de Alcalá hasta llegar a la iglesia de San José. Aquí, la misteriosa dama insistió en que le acompañase al interior pero él consideraba que no eran horas de entrar al templo. Aun así, ella le tendió su fría mano y le entregó la rosa que llevaba- Lo sujetó con firmeza y lo arrastró hacia el interior. Ambos caminaron casi a oscuras por el interior de la nave central. Ella casi tirando de él. El diplomático, cada vez estaba más angustiado y sorprendido por todo lo que le estaba ocurriendo. Lo más desconcertante de todo todavía estaba por llegar.

Finalmente llegaron a una lúgubre cripta, punto en el que nuestro protagonista ya le suplicó a la mujer que era el momento de marcharse de allí, momento en el que ella contestó: “No puedo irme, mi sitio está aquí, tengo que volver a este lecho donde me colocaron esta misma mañana”. Según terminó de pronunciar estas palabras, el chico salió corriendo sin ni siquiera lanzar una última mirada atrás, con el único propósito de regresar al lugar donde estaba hospedado.

A la mañana siguiente se levantó tremendamente confundido, sin tener claro si lo vivido había sido fruto de la peor de sus pesadillas así que puso rumbo a la Iglesia de San José, con el objetivo de aclarar sus ideas. Cuando llegó a la entrada le sorprendió el número de asistentes, sin duda se trataba de un funeral. Con paciencia, se colocó en la cola de la gente que quería dar un último adiós a la persona fallecida y cuando le llegó su turno, sus peores presagios se hicieron reales. Allí en el ataúd estaba ella, la enigmática chica con la que había compartido velada la noche anterior, con su misma piel extremadamente pálida y con una corona de rosas blancas adornando su pelo. Una corona realizada con el mismo tipo de flor que él todavía guardaba y que colocó con delicadeza entre las manos de la difunta, antes de emprender su marcha.

Esta historia la podrás encontrar en mi libro ‘Paseos Secretos de Madrid

Iglesia de San José, Madrid

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2 comentarios

  1. es totalmente imposible que la historia, ambientada en 1853, comience en el teatro de los caños de peral, puesto que fue demolido en 1817. en su lugar se levanta el actual teatro real, estrenado en 1850, y por lo tanto escenario ‘real’ del relato.
    ahora bien, si de lo que se trata es de recordar al de los caños del peral y sacarlo del olvido, pues bienvenido sea, pero tampoco costaba nada haber cambiado la fecha.

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