Fiestas del Carmen 2015

Amor a primera vista. De esta forma tan directa y sincera se podría resumir mi especial vínculo con Chamberí. Una bonita relación que como toda aquella que se enorgullezca de haber marcado a sus protagonistas tuvo un inicio que se me quedó grabado a fuego y que aún recuerdo de manera nítida y concisa. El calendario apuraba las últimas hojas de julio de 2008. Yo tan sólo era una de las miles de almas de provincias que cada año terminan dando con sus huesos en Madrid con la intención de forjarse un futuro y, lo que urgía más, un presente. Es en ese momento, cuando comenzó la tediosa tarea de buscar una casa donde vivir, labor que se complica aún más bajo el duro calor que siempre acompaña a la capital por esas fechas. Sin mucha idea sobre la ciudad, pero con muchas ganas y varios domicilios apuntados en un folio de papel, comenzó mi peregrinaje por este gigante de asfalto llamado Madrid. Después de varias infructuosas idas y venidas una de aquellas direcciones me condujo hasta la Glorieta de Quevedo.

Recuerdo perfectamente subir las escaleras de la estación del metro, lanzarme al exterior y quedar rodeado por una explosión de vida y alegría. Sentí un flechazo instantáneo ya que aquel lienzo que se dibujaba ante mis ojos me recordaba fielmente a mi Pamplona natal. En ese momento lo tuve claro: yo quería vivir allí. El toparme de bruces con un entorno tan familiar sabía que facilitaría la adaptación a mi nueva casa. Aquella pesada tarde de calor fue la presentación entre nosotros, nuestra primera cita, nuestro primer beso. Una toma de contacto que ya me sirvió para contagiarme de la vitalidad y energía de Chamberí. Apenas una semana más tarde ya estaba viviendo a escasos metros del lugar donde tuvimos nuestro primer encuentro, en la Calle del General Álvarez de Castro. El destino así lo quiso. Mis primeros pasos en Madrid, repletos de ilusión y esperanza no podían tener un marco más puro y castizo.

Una vez instalado en mi nuevo hogar mi curiosidad por la ciudad, y por supuesto por el barrio, hizo que de manera casi inconsciente me lanzase día tras día a pasear sus calles, también a rebuscar entre las páginas de libros de historia de Madrid, para encontrar las respuestas que surgían en mis improvisadas caminatas. Solo así pude descubrir con sorpresa que los terrenos en los que hoy se asienta nuestro coqueto y sin par distrito pertenecieron a los Caballeros de la Orden del Temple. Los mismos territorios que tiempo más tarde los miembros de la Corte utilizaban para llevar a cabo sus cacerías.

Cuanto más conocía de su presente y de su pasado más me cautivaba y es que Chamberí es y fue el gran responsable de que en el mes de junio de 2012 decidiese poner en marcha un proyecto llamado Secretos de Madrid que a día de hoy puedo afirmar que me ha cambiado la vida. Una página web en la que me animé a ir contando a quien le interesase todos esos lugares e historias que iba descubriendo con fascinación de la capital y que hicieron que me fuese enamorando de ella de forma irremediable. Lo cierto es que este distrito, detrás de su encantador paisaje y de la atmósfera que en él se respira, tiene numerosos elementos que lo hacen inigualable.

Por citar solo algunos destacaría, por ejemplo, la llamada Estación Fantasma del Metro que palpita bajo tierra, a escasos metros de donde ahora nos encontramos. Un lugar que nos brinda un fascinante viaje en el tiempo y nos permite conocer como eran las infraestructuras de este medio de transporte hace más de medio siglo. Abierta como museo desde el año 2008 nos regala la opción de conocer como fue originalmente la Estación de Metro de Chamberí, clausurada en el año 1966, fecha en la que se quedó anclada en el tiempo para siempre.

Otro de los secretos fascinantes que guarda Chamberí bajo tierra, y que poca gente conoce, es nada más y nada menos que una mina. La pregunta es ¿Por qué hay una mina en Chamberí? La respuesta la encontramos en la fabulosa Escuela Superior de Minas de Ríos Rosas. En ella, en 1963, se mandó construir una réplica de una mina para que los estudiantes llevasen a cabo sus prácticas en un entorno lo más real posible. Un lugar que nos sumerge en las entrañas del barrio, a 25 metros de profundidad y que como tantos otros rincones os recomiendo visitar.

Pero Chamberí no sólo esconde secretos bajo el suelo, también sobre él nos podemos encontrar construcciones que hablan por sí solas del enorme patrimonio de este distrito. Por ejemplo, si caminamos por la Calle de Raimundo Fernández Villaverde nos topamos con uno de mis edificios preferidos de Madrid, el antiguo Hospital de Jornaleros. Recuerdo cuando descubrí impactado su descomunal silueta mientras me desplazaba de noche en autobús. No tardé mucho en acercarme, ya bajo la luz del día, para poner cara a esa singular construcción del arquitecto gallego Antonio Palacios. Hermano mellizo del Palacio de Comunicaciones, hoy sede del Ayuntamiento de Madrid, su estilo y silueta lo hacen único. Un hospital con alma de fortaleza y bello como pocos.

Otro de los lugares que jamás imagine encontrarme en Chamberí es la Casa Museo de Sorolla, un rincón en el que se vive un halo especial de serenidad. La residencia donde habitó el genial pintor valenciano Joaquín Sorolla fue además su taller y lugar de trabajo. Un recorrido por sus estancias y por su encantador jardín nos transportan en el tiempo de manera mágica antes de devolvernos al Siglo XXI cuando volvemos a cruzar el umbral de su puerta.

Y no podía faltar en esta brevísima lista de los lugares que más me han marcado de Chamberí la Iglesia de San Fermín de los Navarros a la cual, por motivos geográficos y personales le tengo un especial cariño y donde cada 6 de julio la comunidad navarra residente en Madrid se da cita para celebrar su particular chupinazo de los Sanfermines. Una bonita señal de hermanamiento entre Chamberi y Pamplona que acepté como otro de esos agradecidos guiños que el destino de vez en cuando nos va regalando en la vida.

Tampoco quisiera aburriros con los descubrimientos que he podido hacer a lo largo de todos estos años pero el desfile de lugares e historias sería casi interminable. Monumentos nacionales como la Casa de las Flores o el Palacio de Villamejor, el peculiar Museo de Arte Público o el desfile de bellos edificios que uno puede ver por la zona de Almagro. Todos nos dejan claro que Chamberí tiene muchísimos motivos por los que sentirse especialmente orgulloso de cara al visitante y por supuesto, con los que alegrar el día a día de sus afortunados vecinos. Personajes de la talla de Antonio Machado, Pío Baroja, Miguel de Unamuno o Benito Pérez Galdós ya sucumbieron a sus encantos y vivieron en él. Sin duda, Trafalgar, Arapiles, Almagro, Vallehermoso, Ríos Rosas y Gaztambide son los seis hijos que cualquier ciudad quisiera tener.

Pero si algo me llevo de Chamberí son las cosas más intangibles que me fue regalando durante los cerca de cuatro años que pude convivir en sus calles. Un estilo de vida que me enseñó que es posible vivir en una gran urbe como Madrid a un ritmo pausado y relajado, disfrutando del día a día, de cosas tan sencillas como el saludo de tus vecinos o intercambiando opiniones con esos comerciantes que hacen más viva nuestra rutina. Cada vez que Chamberí viene a mi cabeza, mi mente se nubla de agradables recuerdos y postales. Las tardes distendidas en las terrazas de Olavide. Las despedidas que la Glorieta del Pintor Sorolla, más conocida como Iglesia, me brindaba cada vez que me tocaba dejar esta segunda casa. Mis primeros, y únicos, escarceos con el mundo del running en torno a las pistas de atletismo del Canal de Isabel II. Las cañas perfectamente tiradas en sus castizas tabernas, los domingos de cine y paseo por la Calle de Fuencarral. Tantos recuerdos y todos tan buenos que, sencillamente, a Chamberí es muy difícil no quererlo.

Siempre tuve claro que una de las grandes virtudes del pueblo madrileño es su hospitalidad, una máxima que se cumple de manera rotunda en Chamberí. Un distrito que te acoge de brazos abiertos y te deja ser suyo hasta siempre que quieras. Dicen que a los lugares donde fuiste feliz no debieras regresar nunca, por aquello de no emborronar tus recuerdos. Yo sin embargo me empeño en dejarme caer por sus calles una y otra vez, para revivir todas aquellas experiencias y fotogramas, con la certeza absoluta de que cada nuevo encuentro siempre resultará gratificante.

Sus comercios, sus bellos edificios, sus tranquilos amaneceres, los paseos sin rumbo o el trato cercano de su gente son argumentos que me dibujan una sonrisa en la cara. Chamberí, tierra de chisperos, creo que nunca será consciente de lo mucho que me ha dado así que siempre lo llevaré conmigo y encontrará mi mano tendida cuando lo necesite. Palabra de un navarro con corazón castizo y chamberilero.

 ¡Viva las Fiestas del Carmen y viva Chamberí!

(Foto de la portada sacada de Pueblos España)

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2 comentarios

  1. Mariano Gómez García el

    Ví la luz de los Madriles en el barrio de Salamanca, amigo Manu, pero la vida me trajo a toda velocidad a Chamberí, y ya sabemos aquello de que uno no es de donde nace, sino de donde pace. Amo a este rincón de Madrid entrañablemente, y por eso me agrada sobremanera tu pregón, amigo. Muchas gracias por tus letras y un saludo cordial de un madrileño más. Adelante con esa estupenda web tuya.

  2. me encanta como describes Madrid con amor como creo q se merece maltratada Madrid Porq si te fijas todos pueden hablar d su tierra menos los Madrileños siendo como es para mí la ciudad más preciosa y amable del mundo.Por tanto muchas gracias y te nombro madrileño de adopción.Ya era hora q se hiciera justicia a Madrid un abrazo d una madrileña q sufre su ausencia por vivir fuera

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