Otra vez, casi sin darnos cuenta y de puntillas, se nos va consumiendo el verano. Siempre lo hace con la misma reflexión a cuestas: “Lo que cuesta que llegue y lo rápido que se pasa”. Una caprichosa falta de respeto que se repite año tras año. Las mañanas comienzan a refrescar, amigos y enemigos van retornando de sus vacaciones y los recuerdos veraniegos van perdiendo claridad en nuestras cabezas. Septiembre ya aguarda impaciente a la vuelta de la esquina.

Una imagen que resume muy bien estas amargas sensaciones por las que todos vamos pasando es la fotografía  de Manuel Urech que nos acompaña hoy. Tomada en el año 1951, en ella vemos a un considerable grupo de bañistas refrescándose en el Río Manzanares, destino veraniego por excelencia durante muchas generaciones de tantos y tantos madrileños.

La captura abraza la nostalgia de ese último baño con el que toca dar por concluidas las vacaciones, el menos refrescante de todos, el que nos gustaría alargar un ratito más en bucle y hasta el infinito. Pero la vida y el mundo no se detienen, y mucho menos por un chapuzón así que poco a poco llega el momento de hacer el cambio de armario y de ir recuperando rutinas. Las calles desiertas de Madrid se vuelven a llenar de vida, la Villa va retomando su pulso, Mientras los bañistas siguen haciendo de las suyas ajenos a la realidad que les espera cuando salgan del agua.

Toca asumir la certeza. El verano, y sus inolvidables momentos, se apaga. Pero tranquilos siempre permanecerá encendido gracias a fotos tan amables y sugestivas como ésta.

Baño en el Manzanares, 1951erano

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