La Calle de Amaniel en primer término y al fondo, la Calle del Álamo, en 1926, Madrid.Otra vez toca ponerse calzado cómodo para transitar por Madrid y desgranar  el pasado de una de sus calles. En esta ocasión le toca el turno a una vía sin demasiada fama, casi anónima, pero a la que le persiguen anécdotas, y sobre todo una leyenda, dignas de ser escuchadas.

En el Barrio de Maravillas, más comúnmente conocido como Malasaña, en el interior de ese ángulo agudo que forman la Gran Vía y San Bernardo habita una amalgama de angostas calles marcadas por desafiantes pendientes. Una de ellas, la Calle del Álamo resulta especialmente discreta. Se desliza desde la Plaza de los Mostenses hasta fundirse con Amaniel, poco agraciada estéticamente, detrás de su semblante fatigado habitan varios secretos.

Para encontrar una explicación a tan botánico nombre hay que echar la vista atrás hasta el Siglo XVII, cuando esta zona, hoy cubierta de edificios y asfalto la dominaban unos hermosos jardines propiedad de Don García de Barrionuevo, persona influyente de la época. Dentro de este terreno verde una parte estaba habitada por numerosos álamos, árboles que corrieron una vida tranquila y sosegada hasta que la zona, al tiempo, cambió de dueño.

De la noche a la mañana, el nuevo propietario mandó la tala de los álamos pero, sin motivo aparente, se dejó uno pie. A los días, de una de las ramas de este único superviviente, apareció ahorcado un hombre. Como el triste y sorprendente suceso llegó bien entrada la noche, según narra la tradición, se optó por descolgar al fallecido a la mañana siguiente, cuando ya estuviesen presentes las autoridades pertinentes.

La sorpresa fue mayúscula cuando al alba se aceraron hasta el álamo los encargados municipales, los sepultureros, los alguaciles y el juez y no había ni rastro del ahorcado. Ni el menor indicio de la persona que horas antes colgaba inerte de la rama, tan sólo, la gruesa cuerda que se balanceaba tímidamente.  Como podéis imaginar, nunca se supo a saber nada más sobre aquel misteriosos ahorcado. Este inexplicable suceso hizo que la calle estuviese durante una buena época en boca de todos, momento en el cual quedó bautizada para siempre como la “Calle del Álamo”.

Es interesante señalar que en este lugar se ubicó antiguamente una famosa fuente a la que acudían los más pobres a lavar sus ropas, mendigos que se colocaban a pedir limosna a la entrada de la mansión de Barrionuevo, ésto hizo que la gente, de manera despectiva le acuñase el nombre de “la fuente del piojo”. (Creo que es obvio el motivo, ¿no?).

En definitiva, interesantes leyendas y curiosidades que nos muestran una cara ostensiblemente diferente a la que esta calle nos muestra en la actualidad, repleta de comercios de muy diversas nacionalidades. Casi anónima hoy, hace cientos de años, sus avatares le dieron una importante, y peliaguda, fama.

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