Sí amigos, otra vez.  Las Navidades ya están aquí. Llevan días merodeando, dejando pistas claramente descifrables. Primero fue la cola en la administración de lotería de Doña Manolita. Luego los turrones y polvorones colocados estratégicamente junto a las cajas del súper. Entendí que no había vuelta atrás cuando observé, a los operarios de turno, instalando las estructuras de Cortilandia. El pistoletazo de salida a estos tiempos de bullicio y frenesí comenzarán este viernes 25 de noviembre, con el alumbrado de las luces de Navidad. ¿Preparados?

Comilonas, buenos propósitos, villancicos, regalos, compromisos familiares, y no familiares. Las Navidades son rutinarias, con poca capacidad de sorpresa. Es más, hasta los presentes recibidos suelen ser bastantes predecibles. Sin embargo, tienen algo de recuerdo, de magia. Un considerable encanto, que a pesar del devenir de los años, no pierde ni un milímetro de forma.

Modestamente creo que buena parte del hechizo de estas fechas reside en la autoproyección que en ellas hacemos. Vivirlas lleva inevitablemente a los momentos pasados, a la infancia y la nostalgia, a la ilusión que anhelamos transmitir de generación en generación. Quizás ‘nuestras’ Navidades pasaron pero ahora tenemos que hacer que nuestros pequeños las vivan con el mismo resplandor. En esa generosidad radica, para mí, el verdadero sentido de estos días.

Si existe un lugar donde durante estas fechas los ojos brillan más que nunca, ése es la Plaza Mayor. Sus cadenas de puestos con artículos para los belenes y hogares son una de las tradiciones más bonitas de estas fechas. Admito que yo, aunque no compre nada, no puedo evitar pasear por sus abarrotados pasillos, compartiendo sonrisas e ilusión. Por encima de la Puerta del Sol o las tiendas  de cualquier zona de Madrid, para mí, el espíritu más pleno de La Navidad en la Villa se ensalza en este lugar. Hoy nos fijamos en una estampa del año 1953. Un padre negociando con su hija qué artículos comprar. Una imagen que se repite desde hace décadas, ya sea en blanco y negro o en color.

Ya no falta nada para que toda esta espiral de sensaciones y momentos se viva de nuevo. Madrid ya está prácticamente lista. El resto, recuerda, lo tienes que poner tú.

Navidad en Madrid, 1953

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