Es casi obligada ley de vida que los avances y los tiempos modernos vayan extinguiendo algunas funciones desempeñadas, originalmente, por el ser humano. Cosas de las nuevas tecnologías dicen, pero esta amenaza no sólo afecta a labores realizadas por complejos robots o maquinas futuristas. La llegada del agua corriente a Madrid supuso el principio del fin de un gremio muy particular, los aguadores.

Su nombre no puede ser más explícito y seguro que todos los presentes en la sala se imaginan cuál era el cometido de estos robustos trabajadores, de cuya existencia hay constancia desde el Siglo XV y que se dejaron ver por las calles de Madrid hasta inicios del Siglo XX. Básicamente lo que hacían era suministrar de agua a la población de Madrid, los había de dos tipos. Los que transportaban, ayudados de mulos, grandes barriles o cántaros con agua hasta casas vecinales y los que se dedicaban a ofrecer un servicio más personal, un trago de agua fresca con sus botijos a los sedientos viandantes. Hay que recalcar que bastantes años atrás, el suelo de Madrid era terroso y polvoriento, lo que resecaba de forma constante las gargantas. Todo un secreto y negocio para estos tipos.

No deja de ser llamativo que la amplia mayoría de trabajadores de este gremio tradicionalmente procediesen de Asturias y de Galicia. Ya en tiempos de Felipe II se les aplicó una regulación y normativa propia, a lo que más adelante se le diseñó un uniforme exclusivo (tanto para verano como para invierno) y, además, cada uno tenía su propio número de licencia. Es decir, casi nos recuerda por su especialización y formas a otros gremios de nuestros días, como podría ser el del taxi.

Aguador de Madrid, en 1800

Aguador de Madrid, en 1800

Estos aguadores, muchos con fama de jaraneros, se instalaban en las principales fuentes de Madrid y allí, esperaban que les llegase un encargo o pedido así, que la mayoría del tiempo la invertían en torno a estos caños. Matando las horas que les quedaban por delante  antes de regresar a casa. En el Siglo XVIII había en Madrid unos 900 aguadores, cifra que se multiplicó por dos en la centuria siguiente donde llegaron a congregarse por las calles de la Villa cerca de dos millares que animaban las rutinas voceando: “Aguaaaaa, ¿Quién quiere agua?”

Aguadores de Madrid, en la Plaza de Lavapiés

Aguadores de Madrid, en la Plaza de Lavapiés

Estos desaparecidos trabajadores urbanos tenían como oficinas las principales fuentes de Madrid. Según datos de 1822, la más demandada era, curiosamente, la de la Plaza de la Puerta Cerrada, en la que se congregaban 142 aguadores. Le seguían: Puerta del Sol (88), Plaza de la Villa (55), Puerta de Moros (53) y Cibeles (33). Un problema que suponía la presencia de esta gente en dichas fuentes es que, por así decirlo, se adueñaban de los caños por lo que los vecinos particulares que se acercaban a por un poco de agua, se las veían y deseaban para conseguir su liquido objetivo. Unas disputas que no pocas veces terminaba en altercados. Lo que se hizo entonces fue clasificar las fuentes, algunas sólo estarían destinadas al uso de los vecinos, otras reservadas para los aguadores y, un tercer tipo, de utilización mixta.

Pero estos singulares tipos, tras la construcción del Canal de Isabel II empezaron a sentir cerca su fecha de caducidad. Las casas de los nuevos barrios que se fueron levantando,  como el Barrio de Salamanca, empezaron a disponer de agua corriente. Un lujo que se convirtió en algo básico a la misma velocidad  que los aguadores se fueron extinguiendo del recetario social de Madrid. Hoy, que el verano ya asoma en el horizonte y el calor un poquito también, creí conveniente rescatar su figura.

Gente recogiendo agua junto a La Fuentecilla, en 1900. Madrid

Gente recogiendo agua junto a La Fuentecilla, en 1900. Madrid

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