Lo admito. De todas las iglesias de Madrid, la que más se me resiste es la Basílica de San Francisco el Grande. A pesar de habernos cruzado en infinidad de ocasiones, sólo un par de veces me ha permitido adentrarme en su colosal nave circular. Dos veces en las que me quedé prendado de un interior que te envuelve y aprisiona. Por fortuna, mis recuerdos son casi tan nítidos como la postal de la semana.

Obra del usuario de flickr fdecastrob esta foto retrata de manera fiel el monumental alma de este templo construido en la segunda mitad del Siglo XVIII, entre 1761 y 1784. Lo que le aporta este aspecto imponente es, su forma circular y la altura que le brinda su gigante cúpula, como ya os he dicho en otras ocasiones, la cuarta más grande de toda la cristiandad.

Terminada por Francesco Sabatini, si por fuera esta iglesia, tampoco es realmente bella, este adjetivo adquiere su máxima expresión mientras vemos ese cuerpo de mármol, de tonos amarillentos, elegantemente vestido con pinturas. No queda ni un centímetro cuadrado donde el arte no se sienta cómodo. Todo es bello, nada sobra.

Con una capilla mayor y otras seis de menos tamaño distribuidas por su perímetro, en la ejecución de este templo intervinieron los mejores artistas de la época. Escudriñándola con atención nos vamos a topa con trabajos de Goya, Alonso Cano, Zurbarán o Mariano Benlliure. Una mirada en la que nos acompañaran las 12 esculturas de casi tres metros de alto cada una y que representan a cada uno de los apóstoles. Otro elemento que no podemos ignorar es el altar mayor, con su fascinante sillería de 1526.

Pintura, escultura y arquitectura se dan la mano en uno de los interiores más espectaculares de todo Madrid. Un lugar al que el único pero que le falla es que no se pueda visitar de manera más habitual pero claro, si así fuese, perdería su aura de misterio y secreto.

San Francisco el Grande, Madrid

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