Desde la Calle Lope de Vega hasta la Plaza de las Cortes. Ése es el tramo  de vida que acapara la Calle de San Agustín, embarcada en ese galeón de hermosas vías que responde al nombre del Barrio de las Letras. Es sencilla, clásica y pura, una más en este literario laberinto con el que Madrid nos engatusa a cada paso. Hoy os quiero recordar la ocasión en la que esta callecita me guiñó el ojo en uno de mis múltiples paseos.

Son pocas, por no decir ninguna, las veces que camino mirando al frente como lo haría una viandante ‘normal’. Hay paseos en los que me voy fijando en las puertas de los edificios, en otros alzo el punto de mira y sólo presto atención a los balcones…de este modo voy haciendo barridos por las calles de Madrid, a la caza y captura de posibles secretos. También hay días que uno amanece más artístico y le da por ir analizando los reflejos que lanzan los retrovisores de los vehículos aparcados en las calles y así fue como cacé la postal que ahora nos ocupa.

Me sorprendió el gran contraste entre la realidad que tenemos ante nuestros ojos y la que, a través de ese espejito circular, se repite a nuestras espaldas. Por un lado las características paredes anaranjadas del Barrio de las Letras con su clásica taberna de fachada rojiza de madera. Un mundo que choca con el azul del cielo madrileño que se cuela en esta original perspectiva. Lo curioso es que parecen incluso dos ciudades distintas, con arquitectura y hechuras diferentes pero no amigos, en esta foto no hay trampa ni cartón. Ambos universos se  dan la mano es ese inocente retrovisor que, acostumbrado a retratar coches, carreteras y adelantamientos arriesgados seguro que saboreó este momento de contemplación y calma, regalándonos una postal tan escurridiza como irrepetible.

Barrio de las Letras, Madrid

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