Cualquier excusa es buena para un reencuentro con una vieja amistad. En este caso, el pretexto fue la visita de un amigo a mi casa durante varios días y su consiguiente visita-recorrido-paliza por los lugares más apabullantes de Madrid. Como broche final a una intensísima jornada de paseo ahí nos esperaba ella, quizás algo contrariada por mi prolongada e inexcusable ausencia, la azotea del Círculo de Bellas Artes.

Vaya por delante que nuestra cita en las alturas fue un viernes por la noche, día que la azotea se encuentra especialmente concurrida por la gente que acude a ella a tomar algo o cenar en su privilegiado restaurante. Personalmente creo que esta masificación hace que uno de mis rincones preferidos de Madrid haya perdido un poquito de encanto. La música, las incontables conversaciones de fondo y el gentío le restan ese ambiente sereno e íntimo que hacían que te quedases durante muchos minutos mirando al horizonte sin articular palabra. Su inevitable, y por otra parte lógica, comercialización le han robado una de sus grandes virtudes, una pena.

Pero por suerte, de barandillas hacia fuera el espectáculo no ha cambiado y se siguen admirando las vistas más notables de la capital. La médula de Madrid, ese cauce de vida que forman la Calle de Alcalá y la Gran Vía, se funden a nuestros pies. Al anochecer los edificios se van quedando huérfanos de vida, así lo delata la ausencia de luces en sus fachadas. Tan sólo el Edificio Telefónica, de puntillas sobre el punto más elevado de la Gran Vía, se eleva de pie, imponente e iluminado. Con sus hechuras resulta imposible no percatarse de su enfática figura.

Se apaga el día, la hora azul envuelve Madrid y ya sólo queda un resquicio del sol en el horizonte. Un fogonazo naranja que se pierde entre tejados y antenas parabólicas. Las migajas de otra fecha que se esfuma del calendario. Un día que ya solo por volver a disfrutar de estas vistas habrá merecido, y mucho, la pena.

Anochecer desde el Círculo de Bellas Artes

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