La Plazuela de San Javier es uno de esos minúsculos secretos de Madrid que, si no vas decididamente a su encuentro, es probable que jamás des con él. Recogida y silenciosa, durante mucho tiempo le persiguió la etiqueta de ‘la plaza más pequeña de Madrid’ aunque hay otra que hace no mucho tuvo la osadía de quitarle esta curiosa distinción.

En su concentrada belleza se resume mejor que en ningún otro lugar la belleza de lo que muchos denominan el Madrid de los Austrias. Callejas que parecen pasillos por su estrechez y calma que se funden, unas con otras, entre desniveles, ecos de pasos e intrigas. El sábado pasado volví a toparme con ella y, de nuevo, me quedé encantado con su discreción y sencillez, con su aura.

Imagino que muchos os estaréis preguntando dónde se ubica esta joyita que ya podemos apreciar, aunque sin nombre, en el Plano de Texeira de 1656. Para los que quieran ponerle cara, la encontrarán muy cerquita de la Calle Segovia. De hecho, para dar con ella la mejor manera es seguir el trazado de la Calle del Conde y, de pronto, sin saber casi cómo, notaréis como vuestro campo visual se aumenta, como el suelo se extiende. Será el claro indicativo de que ya estáis en la Plazuela de San Javier, llamada así porque en ella estuvo un edificio de la Compañía de Jesús en cuya fachada estaba pintada una imagen de San Francisco Javier.

A su diminuto perímetro dan a parar tres paredes que por momentos nos abarcan y rodean, como los muros traseros del que fuese Palacio de Revillagigedo, pero si hay una mirada en este lugar de Madrid que nos cautiva es la que da a una fachada roja del Siglo XVI. Pertenece a una notable casona y en ella, tiempo atrás, se instaló el Mesón de San Javier. Imagino que las voces y ruidos que en él se generaban robaron durante un tiempo el encanto a este lugar hasta que lo dejaron tal y como hoy lo vemos. Mudo, fugaz y por momentos remoto, pero sin duda alguna, hermoso.

Plazuela de San Javier

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