Después de varios años paseando por Madrid con la ilusión del primer día, me he dado cuenta que en lo más íntimo y profundo de mi “Diario Madrileño” tengo apuntadas a 3 ó 4 calles fetiches que, de algún modo, me revitalizan cada vez que las transito. Digamos que son un pequeño bálsamo en los días más grises, una terapia al aire libre que me ayuda a olvidar, un ligero exorcismo a la vista de todos.

Una de ellas es la Calle del Espíritu Santo, órgano vital de ese micro cosmos que todos llamamos Malasaña pero que en los callejeros oficiales encontraréis bajo el circunspecto nombre de “Universidad”. Comercial y simpática, esta vía es el paradigma de un barrio que aporta mucho más que las etiquetas que le persiguen. Sí, está repleto de hipsters pero por sus aceras cualquiera tiene cabida. Sus comercios tradicionales conviven con los nada tradicionales. Su actividad cultural nunca cesa, siempre te propone un nuevo café, una nueva tienda o una nueva exposición. Sus calles son limitadas, sus opciones infinitas.

Por eso disfruto paseando por la Calle del Espíritu Santo, porque refleja mejor que ninguna estos aires renovados y frescos. Uno se siente independiente, feliz, sin ataduras. Pasear por Malasaña sorprende a cada paso. Al voltear de cada esquina siempre puede aguardar una penúltima sorpresa. Confieso que me gusta más el Malasaña de día, libre de noctívagos. Con la claridad de la luz del día uno atiende mejor a sus encantos.

La postal de la semana es una brizna de todo esto, un fotograma que más que una ciudad, inmortaliza un estado de humor. Madrid late fuerte, en parte, por el bombeo que le llega desde Malasaña. Un jaleo delicioso. Un oasis necesario, al menos para mí, en esta inmensa ciudad que intento saborear a pequeños tragos, como los mejores caldos.

Calle Espíritu Santo, Malasaña, Madrid

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