Lo he comentado no pocas veces, mientras paseo por Madrid son demasiadas las ocasiones que me siento como un niño. Absorto, inmóvil, atento a cada nuevo escenario cuyo imaginario telón se desliza ante mis ojos sacudiéndome los sentimientos. Lo malo es que hay lugares por los que paso una y otra vez y sigo sintiendo casi lo mismo, pero nada igualable a la primera vez.

Porque ese primer cara a cara tiene algo mágico que, sin que lo sepamos se nos queda grabado en el subconsciente Un misterioso baúl, sin cofre ni candados, que nos susurra al oído que salgamos a la calle para seguir recolectando experiencias, instantes, encontronazos. Quizá por lo mucho que me he visto identificado he querido traeros al blog esta bonita fotografía de Marta Pereyra. En ella vemos a un niño ensimismado, observando con atención un mundo que se le escapa, que todavía sus sentidos no le permiten entender. Pero entre ese enorme decorado, llamado Madrid, y su persona sentimos que ya ha surgido una chispa, el inicio de algo que sólo ellos dos decidirán como termina.

Precisamente el pasado fin de semana me  situé en el mismo lugar donde está ese niño, en la Planta Gourmet del Corte Inglés de Callao. En su último piso, como veis, se respiran unas espectaculares vistas de Madrid. Así que por unos segundos rejuvenecí y me sentí pequeño, no llegué a pegar mi frente en el cristal pero reflejé la misma mirada de ilusión que esa criatura. Durante unos  instantes volví a notar esa magia, ese hechizo clandestino. Algo que muy pocos lugares son capaces de hacer, una disciplina en la que Madrid es una absoluta experta.

Madrid, Gran Vía

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