Si hay algo que me ha enseñado Madrid desde que vivo en ella es a no mirar al frente mientras paseo. Siempre hay muchos secretos esperando, fuera de esa mirada plana y aburrida. Durante numerosas batidas, caminé por la ciudad observando tejados y alturas, un nivel donde anidan incontables historias. Ahora he encontrado otra diversión, en otro entorno totalmente contrario, los charcos, los mismos que los niños pisotean con júbilo. Los mismos en los que aguardan verdaderas obras de arte.

Cada vez que veo un charquito en el suelo me acerco hasta él con aire tímido, como si no me hubiese percatado de su existencia y empiezo a buscar un ángulo invisible. El que me proporcione una mirada sorprendente. Capaz de escaparse del conocimiento del resto. Imagino que así se tuvo que sentir la fotógrafa @AnaVillamuelas, autora de la foto, cuando avanzaba por la Gran Vía y una corazonada le hizo fijarse en ese anodino charco.

Allí, aguardando para unos pocos elegidos, esperaba otro Madrid, otra Gran Vía. Un reflejo tan nítido que casi supera en belleza a la realidad. Otro universo que sufre, se mueve y avanza sin que nadie recaiga en él. La inmensidad de la calle más alborotada de la ciudad, relajada como una balsa de aceite. Dos mundos, una mirada y un acertado click en la cámara. El resultado habla por sí solo.

Los días de lluvia calman y depuran pero además, nos dejan un divertido legado. Unos charcos por los cuales es agradable pasear, buscando este tipo de fotos. Postales que ensalzan Madrid sin esperar ninguna alabanza. Afortunadamente, merodeando por la ciudad siempre hay exploradores, cámara en mano, para rescatarnos estas joyas.

Por cierto, os invito a daros una vuelta por la web de esta genial fotógrafa para echar un vistazo a su trabajo, es sensacional.

Reflejos en la Gran Vía

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