Hasta los más grandes colosos necesitan un espacio para su propia intimidad, un lugar donde reservarse y mostrar su lado más cercano. Un instante difícil de captar y que aparece magistralmente retratado en la postal de esta semana, el segundo exacto en el que la Calle de Alcalá regresa a su realidad diaria.

El sol asoma su rostro tímidamente por el horizonte, un atrevimiento que inunda de luz y vitalidad la calle más larga de Madrid. Sus más de diez kilómetros de trazado empiezan a recuperar la sonrisa bajo la maternal protección de un cielo azul que, a pesar de las nubes, se muestra totalmente dispuesto a tender su mano a los madrileños en un nuevo día. Una jornada que, a ras de suelo, ya se ha cobrado varias horas de ventaja.

Cada amanecer es diferente, en el confluyen tantas variables que uno nunca sabe con que juego de magia nos sorprenderá Madrid. Asistimos a una función en sesión continua para la cual, el Edificio Metrópolis y el Círculo de Bellas Artes han reservado dos de los mejores asientos disponibles. ¡Envidia insana de esas vistas!

Siempre resulta agradable admirar a un gigante como Madrid despertando, momento en el que toda su fuerza y energía quedan en segundo plano, un momento en el que la gran ciudad se muestra por segundos frágil y débil. Poco después vuelve a recuperar todo su vigor hasta que de nuevo, al día siguiente, le vuelva a atrapar el sueño…

(Gracias a @CAvilesPhoto por ésta y tantas fotos maravillosas de Madrid, aquí os dejo sus perfiles en Twitter y Facebook para que no os perdáis detalle de su trabajo)

Amanecer en la Calle de Alcalá

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