Placa en la Plaza de la Santa CruzHoy quiero compartir con vosotros uno de esos detalles que visten nuestras calles y en los que muy poca gente recae. No es el primero de este tipo que me encuentro… en el suelo de Madrid, si ponemos un poco de atención, podemos encontrar algunas huellas y trazos de la antigua Villa y Corte.

Hace tiempo tuve el enorme honor de subir a lo más alto de a torre de la Iglesia de la Santa Cruz, un templo que nace al principio de la Calle Atocha, más concretamente en el número 6. Una experiencia única que pronto compartiré con todos vosotros. No obstante, al descender y volver a la realidad a ras del suelo, esta construcción me tenía reservada una última sorpresa.

Reanudé mi camino por la animada explanada con la que comparte nombre, la Plaza de la Santa Cruz, y allí, recibiendo infinitos pisotones pero ninguna mirada, una placa dorada insertada entre unos adoquines rojo llamó mi atención. Rápidamente caí en la cuenta de lo que podía ser, de hecho no era ni la primera ni la segunda vez que me topaba con algo parecido durante mis paseos por Madrid. Me agaché con suavidad y pude leer con detenimiento lo que rezaba aquella misteriosa inscripición “Planta de la torre (1656 – 1869), Antigua Iglesia de la Santa Cruz”.  Mi intuición no me había fallado.

Aquella ‘mancha’ rojiza en ese océano gris de asfalto nos indica el perímetro que ocupó durante varios siglos, la torre de la primitiva iglesia, una construcción que se llamó a pulso el sobrenombre de ‘la atalaya de Madrid’ puesto que era una de las más altas de la ciudad. En aquel momento mi imaginación echó a volar y visualicé mentalmente aquella imponente torre, en medio de su nuevo paisaje urbano. Me parece interesante que en el adoquinado urbano se señalice de algún modo las construcciones y los lugares que éstas ocuparon siglos atrás, una medida positiva para mantener medianamente encendido parte del legado del antiguo Madrid.

Como os digo, no es la primera ocasión en la que en el suelo de la ciudad me encuentro estas pistas que nos señalan el trazado que tuvieron antiguos elementos urbanos ya que en la Plaza de Ramales o en la de Plaza de Isabel II tenéis otros dos claros ejemplos pero no os diré más, os invito a descubrirlos por vuestra propia cuenta.

Aquí os dejo unas fotos de esta misteriosa placa, la próxima vez que paséis por la zona no dudéis en echarle un vistazo.

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7 comentarios

  1. Qué casualidad!ayer me pasó por allí, lo fijaba también. Gracias por compartirnos esta bonita información. Me gusta su blog bastante:)

  2. Genial! yo hace años desde que vi el Código Da Vinci me puse a buscar unas placas redondas (como monedas) insertadas en el suelo, como en la pelicula… son doradas e indican (creo) valores de altura sobre nivel del mar… se que estan repartidos por todo Madrid y no son pocas…
    https://maps.google.es/maps?hl=es&q=madrid&ie=UTF-8&ei=OHRWUsreMIHOhAfh-4DoAg&sqi=2&ved=0CAgQ_AUoAg a la altura del 6 de la calle Villa en la acerda dcha segun subes en el suelo hay una de ellas… y he visto mas pero la qmas recuerdo es esta

  3. Si tienes ocasión, comenta las placas que están a los pies de los comercios centenarios de Madrid. Placas doradas con un dibujo de Mingote y el nombre del local.

    Saludos.

  4. Dice así Benito Pérez Galdós en su célebre novela “Fortunata y Jacinta” a propósito del personaje Don Plácido Estupiñá: “En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz. Estupiñá pasó muy malos ratos. Ni el pájaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de la morada en que nació, ponen cara más afligida que la que él poníaviendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de ser hombre no lloraba. Barbarita se había criadoa la sombra de la venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas. Ni acertaba a explicarse por qué decía su marido que don Nicolás Rivero era una gran persona.Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar, Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que correspondía al de la puerta, se persignaba y se quitaba el sombrero.”

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