Plaza Mayor, Plaza de Isabel II, Plaza de Santo Domingo… Son numerosas las explanadas de la ciudad que han sufrido una revoltosa metamorfosis con el paso de los años hasta el punto de hacerse irreconocibles. De esta radical faceta no se ha librado la Plaza de Santa Ana, hoy epicentro del Barrio de las Musas, o de las Letras como prefiráis, gracias a sus imposibles terrazas, su alegre vida y su particular garbo.

Esta plaza, como casi todas las de Madrid, sale claramente derrotada por KO técnico cuando la comparamos con su pasado, él mismo que hoy posa ante nuestros ojos con esta fotografía tomada hacia el año 1900. La única pista que nos podría aclarar donde nos encontramos es la estatua en homenaje a Calderón de la Barca que todavía sigue en este lugar pero a unos pocos metros de distancia, sin acaparar un lugar tan central.

Tal y como suele ocurrir en estas elegidas ocasiones que nos da por viajar por tiempos pretéritos nos sorprende los cuantiosos elementos vegetales que observamos. Árboles, el contorno verde de una fuente, incluso las frondosas ramas que se cuelan por el margen derecho de la imagen. Hoy los árboles de este lugar parecen casi imperceptibles entre tanta silla y mesa, una sutil invasión que fue robando a los madrileños uno de sus espacios más encantadores de Madrid.

Vemos en primer término a un joven que posa firme junto a la fuente del Cisne pero parece no ser el único en sentir la presencia del fotógrafo, ya que hay más miradas que se clavan en el objetivo de la cámara. Como vemos, en aquella Plaza de Santa Ana los peatones se reunían, hacían vida y charlaban, un bonito pasatiempo entonces gratuito. Un agradable rato que hoy sólo es posible pasando por la caja de la terraza de turno. A veces tengo la sensación de que las ciudades cada vez pertenecen menos a sus habitantes y vecinos. Fotos antiguas como ésta maduran con pruebas este triste pensamiento.

La Plaza de Santa Ana, 1900

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