En cuanto vi este foto del viaducto de la Calle Bailén tuve la inmediata sensación de que, con el paso del tiempo, el tablero de esta enorme construcción de Madrid, fue perdiendo una vida más estática y sedentaria por otra, tan fugaz y etérea, que ya ni se practica.

Todos estamos de acuerdo en que Madrid se vivía décadas atrás, a menos prisas y revoluciones, el viaducto es fiel testimonio de ello. Ahora lo baña un reguero constante de coches, en ambas direcciones, a una velocidad de crucero que no les da tiempo a sus pasajeros ni a percatarse de las estupendas vistas que se visten desde sus ventanillas. Una frenética pena.

Lo experimenté hace poco, estuve disparando fotos por la zona y noté como el viaducto se ha convertido en un mero tramo de paso, unos metros urbanos impersonales y de compromiso. Sin embargo, si nos fijamos en esta bonita fotografía del año 1948 apreciamos un viaducto más amigable y dispuesto a ser observado. Los tranvías, con un ritmo mucho más calmoso permitían asimilar las vistas, el entorno, el Madrid más genuino. Un viaje por necesidad que se convertía casi en un recorrido turístico, de esos por los que los turistas hoy, pagan abonos a diestro y siniestro.

A un ritmo todavía inferior se dejaban ver se dejaban ver esos vendedores ambulantes que, recorrían Madrid con sus puestos sobre ruedas, buscando un lugar apropiado para vender y vocear sus mercancías. Algo que sí que ha ido a mejor en esta escena es el firme del viaducto, una superficie entonces irregular, que provocaba la aparición de numerosos charcos cada vez que la lluvia hacía acto de presencia en Madrid.

Tranvías, carromatos, ningún coche. Basta una simple mirada para entender lo rápido y mucho que van cambiando las ciudades, hasta el punto de hacerse irreconocibles por sus nuevos hábitos y costumbres, a pesar de que el escenario se conserve intacto.

Viaducto Calle Bailén, 1948. Madrid

Viaducto Calle Bailén, 1948. Madrid

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