Septiembre, la novena hoja del calendario, es especialista en refrescar memorias, en bañarnos en recuerdos y tirarnos de las sábanas de vuelta a nuestras rutinas. Imagino que a algunos su simple mención le produce el más crítico de los trastornos, sin embargo, os confesaré que es mi mes preferido de todos. Es el momento de cargar la mochila con nuevos y ambiciosos proyectos, es el tiempo de recuperar relaciones personales, de jugar a ser felices, o al menos intentarlo.

Creo que una imagen que capta a la perfección los matices que supone el aterrizaje de septiembre, una vez más, en nuestras vidas es esta instantánea del celestial Francesc Catalá Roca tomada en la Gran Vía, en 1953. Luces y sombras, demasiados sentimientos y sensaciones encontradas de camino al trabajo. Es la hora de abandonar los atuendos veraniegos y recuperar del fondo del armario las prendas más formales y grises. Es el momento de caminar y diluirse en la marabunta, cabizbajo, luchando con el sueño, anhelando que llegue ya la hora de regresar a casa. Detrás de la bruma, el Edificio Telefónica observa compasivo la escena, quizá por que él nunca se fue.

Decía Catalá Roca que, a su parecer, la fotografía se parecía más a la literatura que a la pintura, opinión que respaldo totalmente. ¿Cuántas historias y universos personales se ampararon detrás de cada uno de esos rostros anónimos? ¿Cuántas inquietudes, preocupaciones o sueños se fundieron con aquella neblina madrileña?

Llega septiembre y con él sus templados amaneceres, el mes de los buenos propósitos y deseos, la hora de andar con paso firme y despierto, no sólo de camino al trabajo si no también por la vida, sin duda, un trayecto mucho más apasionante y placentero. ¿Paseamos?

La Gran Vía en 1953, Madrid (Foto de Catalá Roca)

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