El problema  de vivir demasiado atados al presente es que automatizamos escenarios y mundos, obviando las realidades que nos precedieron. Un ejemplo de lo que os hablo lo encontramos en la imagen antigua que os traigo hoy. Cuando me topé con ella, en ese primer contacto visual hubo trazas que me resultaron familiares pero pasaron unos segundos hasta que me ubiqué. Los mismos que tardó mi cerebro en soltarse los clavos que lo fijan y atan al Madrid actual y pudo volar, volar alto y rápido hasta finales del Siglo XIX, momento en el que aquellos diminutos personajes que hoy observamos posaron para nosotros sin conocernos.

La fotografía que nos ocupa nos emplaza a la Calle de Alcalá donde, en el centro de la imagen, se alza la Iglesia de San José cuya llamativa fachada rojiza poco o nada tiene que hacer en esta captura de colores sepia. Todos echamos de menos a su vera la desembocadura más famosa de Madrid, la que se abre ante nuestros ojos descubriendo la Gran Vía. Se hace ciertamente extraño no ver junto a este templo construcciones como el Edificio Metrópolis, el Edificio Grassy o los metros finales del Edificio Telefónica. Por más que los busquéis en la imagen no aparecerán, simplemente, no existían.

En su lugar vemos otros elementos que igualmente quedaron para el recuerdo. La sencilla vivienda que se levanta justo a su lado, de una sola altura, era la llamada ‘Casa del Cura’, precisamente con un golpe de piqueta de Alfonso XIII sobre su fachada se dieron por inauguradas las obras de la Gran Vía. A continuación vemos algunas de las más de 300 casas que fueron borradas del mapa para acometer los trabajos de la arteria madrileña que hoy todos conocemos. Aquel sinfín de casitas y tortuosas calles fue barrido para siempre con el objetivo de aliviar el tráfico y el tránsito en el corazón de Madrid.

Me fascina de esta imagen la combinación de, por un lado elementos que se mantienen intactos, con la de otros de los que ya no queda ni rastro. Así se escribe la historia de Madrid y de otras tantas ciudades, cambios, derribos, obras y vecinos eternos. Todo vale, al menos eso parece. Siempre con la única condición de que el alma de la propia ciudad no se pierda nunca.

Calle de Alcalá, a finales del Siglo XIX. Madrid

Como veis, el entorno de la Iglesia de San José ha cambiado un poquito con el paso de los años…

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