Iglesia de San Sebastián y Plaza del Ángel en 1920, en MadridEl Madrid en colores sepia nos inspira historias y nos invita a querer saber más sobre aquellos rostros anónimos que ahora contemplamos con sentimientos encontrados. Les observamos con cautela y silencio, como si no quisiéramos interrumpir en su día a día pero es inevitable que al admirar estas escenas uno se quiera involucrar en aquellas vidas…

Aquella era una tarde anodina y ligeramente áspera. El malintencionado azote de la lluvia no había podido, sin embargo, evitar que cada uno siguiera con su correspondiente rutina. Algunos, más ociosos que otros, se dedicaban a contemplar la escena creyéndose seguros desde las aceras sólo con un objetivo, mantener sus zapatos tan pulcros cmo pudieran, lo suficiente para no recibir una reprimenda al regresar a casa.

Allí donde la Plaza del Ángel se difumina con la Calle de Huertas era el lugar elegido por ‘la Paquita’ para montar su tenderete, el que le permitía llevarse algo que comer caliente para ella y sus seis hijos al final de cada  larga e infinita jornada de trabajo. Unas jornadas que aquel reloj, que forma impasible, le recordaba lo lentas que pasaban y lo mucho que le quedaba todavía por regresar a su casa a revivir la algarabía de los suyos.

Por aquel entonces la floristería del Jardín del Ángel ya llevaba abierta un buen tiempo y su nombre y su fama ya eran bien reputados en todo Madrid. Atrás habían quedado los malos augurios cuando decidió abrir las puertas en el pequeño solar que durante casi tres siglos había albergado el cementerio de la anexa Iglesia de San Sebastián. “¿Una tienda de flores en un camposanto?” se cuestionaban incrédulos los vecinos. “¿A quién se le habrá ocurrido?”. Ninguno parecía imaginar que aquella temida esquina se convertiría con el paso del tiempo en uno de los rincones más agradables de toda la ciudad.

Algunos todavía agachaban la mirada al pasar junto a la verja del finiquitado cementerio, temerosos quizás de ser increpados por los malos espíritus, antiguos habitantes del terreno que en su día acogió los restos de ilustres personalidades como Ventura Rodríguez o Lope de Vega. Ya fuese cargando bolsas o con las manos en los bolsillos, la inmensa mayoría simulaba hacerse invisible ante aquella esquina de la que algunos, en silencio, todavía recelaban.

Aquel Madrid de 1920 era una ciudad con ganas de cambios, a no mucha distancia la actividad se centraba en construir lo que más adelante se llamaría la Gran Vía y también todos andaban como locos por las llegada de ese Ferrocarril Metropolitano que según decían revolucionaría la urbe. Sin embargo, a espaldas de aquellos progresos y grandes obras los madrileños se afanaban en sobrevivir de la manera más digna posible. Brillase el sol o fuese un día de perros, nada ni nadie les arrebataría sus sueños.

 

Iglesia de San Sebastián y Plaza del Ángel en 1920, Madrid

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