La Plaza de las Descalzas Reales mantiene ese gesto serio y apagado a pesar del transcurso de los años. Hay cosas que por suerte o desgracia nunca cambian. Quizás, en una primera mirada al lector o lectora le parezca más estar ante una postal londinense o de cualquier otra ciudad europea que en nuestro estimado Madrid pero nada más lejos de la realidad, en unas líneas sabremos porqué.

El edificio que aparece a mano izquierda es el Monasterio de las Descalzas Reales que da nombre a la plaza, uno de los más brillantes secretos de Madrid y cuyos orígenes se remontan al Siglo XVI. En él siguen habitando monjas de clausura, llevando una vida totalmente alejada del ruido, a pesar de encontrarse en el escaparate más famoso y visitado de la capital, entre la Puerta del Sol y la Gran Vía. A su vera vemos una versión anterior del Edificio del Monte de Piedad y Caja de Ahorros. En él ya se podía apreciar la impresionante portada de Pedro de Ribera aunque en la foto no se puede distinguir. Hoy en su lugar habita un edificio de tintes más modernos que resta considerable encanto a este céntrico espacio.

Como suele ocurrirnos en estas regresiones, llama la atención el peculiar parque móvil de aquel Madrid. Varios carruajes y sus respectivos conductores esperaban con anhelo la llegada de posibles clientes interesados en sus servicios ya que en este sitio se alquilaban estos coches para hacer portes.

Es llamativo como la Plaza de las Descalzas Reales ha sabido conservar ese aspecto introvertido. Siempre silenciosa y sin prisas, por eso es una fija en mis paseos. Una imagen especialmente destacable sabiendo que a sus espaldas, en la fecha de la fotografía (1920), medio Madrid se encontraba patas arriba con las engorrosas obras de construcción de la Gran Vía. Estamos sin duda ante una de esas miradas que nos evocan a una ciudad cercana, un Madrid que intuyo a todos nos encantaría pasear aunque sea por una única y última vez.

Plaza de las Descalzas Reales, 1920, Madrid

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