Provinciana, tranquila, sosegada. Hoy nos detenemos en la Plaza de la Puerta Cerrada, una encrucijada de caminos por la que todavía se respira un casticismo demudado, un sentir diferente. Pocos nombres del callejero de Madrid tienen unos orígenes más remotos que este lugar. Hasta el Siglo XII hay que viajar en el tiempo para imaginarse aquella ciudad envuelta en una muralla de motivación cristiana. Uno de sus accesos, debido a su estrechez, era un nido de atracos y maleantes, de ahí que casi siempre estuviese cerrado, de ahí que se le conociese como la Puerta Cerrada.

Aquella puerta se derribó en 1569 pero el nombre se mantuvo en pie para siempre, bautizando a un lugar por el que muchos pasan pero en el que no tantos se fijan. Desde ella se puede acceder a vías como la Cava Baja, la Calle Segovia o la menos conocida Latoneros. Una posición envidiable en pleno centro histórico, a pocos menos de La Latina. Una suerte que aquellos vecinos que observamos en esta fotografía de 1934 no parecían tener demasiado en cuenta, más encaminados a seguir con us día a día que a contemplar el paisaje en el que quedaron cosidos en el tiempo.

Hoy quien pasa por este lugar rápidamente se ve distraído por los numerosos murales que animan sus fachadas. Un enorme bodegón, un enigmático mensaje del que ya os hablé hace tiempo en este secreto….La Plaza de la Puerta Cerrada es sobre todo, a día de hoy, color. De ahí que al verla en blanco y negro nos cueste reconocerla  pero claro, hay un elemento inconfundible y que la hace fácilmente identificable, miremos por donde la miremos. Cómo os podéis imaginar hablo de esa enorme cruz de piedra, de finales del Siglo XVIII, que se levanta en el centro y que es una auténtica superviviente (otro día os contaré porqué).

Aquella Plaza de la Puerta Cerrada no tenía excesivo brillo, ni belleza. Es más, algunos de sus edificios necesitaban con urgencia una reforma. No obstante rebosaba un encanto peculiar, con sus comercios, e incluso parece que tenía ya una pequeña terraza. Una señal que se ha mantenido inalterable en el tiempo, como su magia.

Plaza de la Puerta Cerrada, 1934

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