Runners, patinetes futuristas, cazadores de pokemons. Hoy el paisaje humano que nos regala el Retiro es de lo más pintoresco y variado. Un parque que sirve de campo de pruebas y experimentos para lo que cada uno quiera, desde un plan romántico a otro deportivo o familiar. No hay peros ni restricciones, sólo se pide un poco de civismo (un requisito que por desgracia, en demasiadas ocasiones falla).

El Parque del Retiro ahora se vive a diferentes velocidades, no hay más que levantar la mirada y comprobarlo. Tantas maneras de entender su existencia como personas. Siempre. De su diversidad se extrae su encanto. Un abanico que, como vemos en la foto antigua de hoy parece que no siempre fue así.

En sus primeros años de vida como parque público da la sensación de que el Retiro era otra zona más de paseo de Madrid, con un bonito y verde decorado, eso sí, pero con no muchas más posibilidades. Observando esta imagen nos podemos hacer a la idea de ese paso armonioso y lento de aquellos exploradores. Unos trajes, hoy de época, que nos transportan en el tiempo, hasta retroceder a un siglo XX que todavía estaba gateando.

Caminar por el Retiro, vista la gran afluencia de gente, era ya entonces un entretenimiento de gran acogida entre los madrileños. Una dosis de aire puro en un Madrid cuyas corrientes  empezaban a perder pureza y a teñirse de un negro invisible.  Quien pudiera abrir y cerrar los ojos y presentarse dentro de esta bonita estampa, para acelerar el ritmo del paso e intentar escuchar aquellas conversaciones perdidas, para saber qué les preocupaba a aquellos gatos. En definitiva, para perderse en aquel Madrid.

Parque del Retiro, Madrid

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