El verano, sin demasiado disimulo, parecía que se iba acomodando en la ciudad. Un amento voraz en la temperatura corporal de Madrid que hacía los paseos cada vez más cortos y perezosos. Pero aquel día Felipe Flores no lo dudó, se puso su traje de lino, amarró sus pantalones con los tirantes que le había regalado su esposa y no dudó en darse un garbeo por la Gran Vía. Casi sin darse cuenta le dio por fantasear e imaginar que protagonizaba una de las películas americanas que él mismo veía en alguno de los cines que poblaban esta impecable avenida.

Un autobús de dos pisos, un coche estacionado en la acera… Son muchos los aspectos que hoy resultarían imposibles,  62 años más tarde de que se tomase la fotografía. Sin embargo, para Felipe aquel Madrid era su mejor pareja de baile, la ciudad que él conoció y disfrutó, y mucho, a juzgar por el estilo con el que avanzaba. Una escena cotidiana con tintes de anuncio o cartel comercial que ubicamos fácilmente con el paisaje que nos saluda desde el fondo.

El Edificio Capitol ya había pulverizado por aquel entonces las líneas más clásicas de la Gran Vía con su atrevido moldeado. Un diseño que en nuestros días nos sigue pareciendo rompedor, de ahí parte de su enorme y atemporal mérito. Todos hemos protagonizado paseos por este cauce madrileño pero me parece que pocos estarán a la altura de la clase y la magia del que disfrutamos hoy, a través de este secreto de tonos sepias. Otro precioso guiño para añadir a este álbum virtual de recuerdos. Y ya van unos cuantos.

(Me tope sin querer, buceando por internet con esta fotografía de 1954 y al tener los datos reales sobre la identidad de su protagonista he decidido mantenerlos como homenaje, espero que nadie se sienta ofendido).

Paseo por la Gran Vía

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