Seguramente si nos pidiesen cerrar los ojos y proyectar dentro de nuestra cabeza un fotograma de Madrid, a muchos nos vendría a la mente esa postal que conforman la Calle de Alcalá y la Gran Vía con el Edificio Metrópolis en el centro, dirigiendo en silencio un tráfico que se desangra sobre sus dos fachadas. Color, movimiento, luces, coches. Nada faltaría en esa composición imaginaria, un castillo de naipes que se desmorona enmudecido con el viaje al pasado que vamos a vivir esta semana.

Casi como una ciudad fantasma se destapa Madrid en esta fotografía ¿Por qué si no iba a estar su entorno más bullicioso casi vacío? ¿Cómo se explica que apenas varias personas den algo de vida a un lugar que habitualmente se mueve solo y sin esfuerzo? Hasta ese coche aparcado donde hoy sería una quimera, da la sensación de que fue abandonado de forma apresurada a su suerte. Lo mismo sucede con las mesas y sillas de la terraza que se encuentran a su vera. ¿Por qué nadie se animó a hacerles compañía?

No es para nada habitual percibir esa sensación de tristeza y soledad cuando uno recurre al pasado de Madrid, mucho menos en las escenas que protagoniza el hoy Edificio Metrópolis. Por eso consideré oportuno recuperar este fotograma y compartirlo con vosotros. Esta imagen desprende un halo decadente que normalmente  no asociamos a la Villa y que también tiene un emotivo encanto. A Madrid también le sientan bien sus días grises y silencios. Sólo hay que saberlos mirar de la forma adecuada.

Madrid, ciudad fantasma

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