Dicen que lo bueno también cansa. Por este motivo imagino que Alfonso XII , hastiado de ver día tras día su pétrea figura reflejada en el estanque del Parque del Retiro, disfrutó como nadie al observar como los operarios atracaban a sus pies dispuestos a faenar y darle un merecido entretenimiento.

Demasiadas jornadas ya contemplando a la gente con sueños de grumete navegando por la bañera más socorrida de Madrid. Por ese motivo, cuando trabajadores y mulas comenzaron a secar y vaciar el estanque para limpiar su caótico fondo se centró en seguir la función emocionado, como quien mira la luna por primera vez.

Por fin podía ver una película con distinto inicio y diferente final, una escena insólita a la que tantas veces, anclado a su pedestal, le tocaba mirar sí o sí. Esta vez no tuvo que cerrar los ojos para imaginarse un mundo diferente. Esta vez, delante de su persona se delataba una escena insólita, un panorama agrario, más propio del campo que de la moderna metrópoli que Madrid añoraba ser.

Lo que habitualmente era líquido y calma se había convertido en un terreno abrupto y salvaje, un lodazal impracticable. Las barquitas con remos habían dejado su lugar a carromatos tirados por despistadas mulas. Unos días de diversión para evadirse de la monotonía. A todas luces, una imagen sorprendente que, cada varios lustros, se puede visualizar en Madrid, para sorpresa de todos sus habitantes y para suerte de un, a veces, adormilado Alfonso XII.

Limpiando el Estanque del Retiro

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