Siempre ha preferido vivir sin ataduras, libre. Un microcosmos que cada día eclosiona, estalla y se recicla a sí mismo. Así lo lleva haciendo siglos y tiene toda la pinta de que aún le queda cuerda para rato. Es la Puerta del Sol, de la que en cierta ocasión, Ramón Gómez de la Serna dijo que una pedrada en ella movía olas concéntricas en toda la laguna de España. Razón no le faltaba. La repercusión de lo que en ella ocurre no conoce barreras, ni espaciales ni temporales, por eso hoy, saltamos a 1950, para revivir los latidos más intensos y profundos del Madrid antiguo.

A mediados del siglo pasado este zoco de almas e historias ya ocupaba un papel primordial en la vida de Madrid. Los coches la atravesaban sin pudor, apareciendo y desapareciendo por cualquiera de sus múltiples accesos. Un hormigueo incesante al que también había que sumar el goteo indiscriminado de personas que a cualquier hora del día se dejaban ya caer por aquí. El diseño de la plaza no invitaba a quedarse, más bien todo lo contrario. Mucho asfalto y poco espacio útil para el peatón. Aquella explanada era territorio hostil para las visitas turísticas y los paseos sosegados. Era un cruce de caminos, descomunal y conmovedor, pero poco más. Los viandantes, apretujados en las orillas de su perímetro, esperaban impacientes su oportunidad.

De aquel aspecto destacan las jardineras en el espacio central que tímidamente intentaban decorar y poner color al entorno mientras servían para dirigir un tráfico que hoy, sin señales pintadas en el suelo pocos seríamos capaces de superar sin tener un accidente. Como vemos en primer término, aquellas isletas verdes servían de tímido resguardo a los accesos del metro. Todo lo contrario que en la actualidad, en la que los enormes caparazones de vidrio hacen que el descenso a las entrañas de Madrid sean visibles desde cualquier punto de la plaza.

La jerarquía de la Puerta del Sol no se somete al paso del tiempo, sí su fisionomía que como ya hemos observado en escenas anteriores cada ciertos años ha cambiado de manera radical. Otro elemento notable que se fue esfumando con el devenir de los años fueron los anuncios sobre las fachadas de los edificios. Tal y cómo vemos, todas estaban coronadas por letreros comerciales, una costumbre felizmente esquivada y a la que sólo ha sido capaz de sobrevivir el emblemático Tío Pepe, ya presente de algún modo en la instantánea que hoy miramos con el cartel de González-Byass. Aquellos edificios-anuncio cedieron su lugar a las personas, a los ya icónicos hombres-anuncio, ‘compro-oros’ y demás voceadores que se agolpan en los inicios de Montera, Carmen y Preciados.

Tenemos un concepto tan dinámico de la Puerta del Sol que nos cuesta verla así, congelada, con sus impulsos vitales frenados. Aún así esta imagen resulta tan viva que si por unos instantes cerramos los ojos somos capaces de reproducir mentalmente el movimiento de este gran lienzo urbano. Dentro de nuestras cabezas, por fin todos estos coches y personas podrán completar esas trayectorias que quedaron rotas y llegar a sus destinos. Decenas de vidas anónimas que ya entonces dejaron su huella en esta vibrante plaza. Hoy, 65 años después de aquello, las pedradas que alteran el orden de este lugar se siguen sintiendo en todo el país. Seguramente por eso, sea más especial que ninguna.

Puerta del Sol en 1950, Madrid

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