En el viaje al pasado de este semana nos toca regresar a los albores del Siglo XX, más concretamente a 1890. Aquel año nacía en Nueva York Julius Henry Marx, actor cómico que pasaría a la posterioridad como Groucho Marx, misma fecha en la que en Bogotá se inauguraba el alumbrado eléctrico o Luxemburgo abrazó su independencia.

Acontecimientos que nos demuestran como el mundo seguía avanzando y escribiendo su propia historia mientras que Madrid, tal y como vemos en la nostálgica mirada de hoy, parecía disfrutar de la vida sin excesivos sobresaltos. Poco después la ciudad se pondría patas arribas con la llegada de faraónicos proyectos como el de la actual Gran Vía o la implantación de las primeras líneas de Metro. Proyectos que cambiarían para siempre el concepto, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, de la capital.

Pero como decimos, todo aquello llegaría más tarde. A finales del Siglo XIX en Madrid se mantenía aquel estilo de vida pausado. Aires de ciudad castellana en la que se intuían cambios. Seguramente, aquel futuro incierto y ambiguo fuese el centro de muchas de las conversaciones mantenidas por los protagonistas de la estampa de hoy, casi todos siempre, tan elegantes en su vestimenta y acompañados de su bombín. Una escena coral y rutinaria que nos ubica en una adoquinada Puerta del Sol. Vemos que el hábito de la actualidad de muchos turistas de sentarse a los pies de la fuente, bien para descansar o bien para contemplar la vida, no es algo del presente. Hace 125 años los madrileños ya lo tenían por costumbre.

Ya he comentado en anteriores artículos que las fuentes tenían un gran peso en la vida social de aquella época. Los diálogos y, en muchas ocasiones los enamoramientos, surgían en torno a ellas. Aquellos ‘gatos’ no usaban el teléfono ni el wassap para concretar un encuentro. Simplemente se acercaban a una fuente y allí, tarde o temprano, aparecía alguien dispuesto a mantener una interesante conversación que se podía prolongar durante toda una mañana o tarde, según.

Precisamente, la fuente que aparece en la imagen puede presumir de haber conocido muchos y variados puntos de la capital. Primero se ubicó en la Calle de San Bernardo, en aquel histórico 24 de junio de 1858 en el que, por primera vez, el agua del Canal de Isabel II llegó a la capital. Ella fue la encargada de expulsar al exterior las aguas del Lozoya que hicieron acto de presencia entre el júbilo de los asistentes. Después, tal y como vemos en la imagen de hoy, habitó durante muchas décadas la Puerta del Sol, observando con paciencia cuanto le rodeaba. Años más tarde fue reubicada en la Glorieta de Cuatro Caminos y posteriormente se trasladaron a la Casa de Campo.

Obviamente, no podríamos cerrar este examen visual sin una reflexión sobre los dos hombres que parecen entrometerse en la postal, a bordo de un carruaje. Cochero y acompañante parecen avanzar sin miedo a un destino que nunca conoceremos. Uno casi hasta puede imaginarse el hipnótico sonido de los cascos del animal golpeando los adoquines. Una maravillosa y olvidada banda sonora que antaño sirvió para envolver las calles del viejo Madrid.

Puerta del Sol en 1890, Madrid

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