Sin duda, las fotos antiguas de Madrid que más me gustan son las que dan prioridad a las personas sobre la ciudad, las que nos obligan a centrar nuestro interés en figuras anónimas, las que nos incitan a inventar vidas y suponer. Y si hay un lugar en Madrid donde siempre ha habido gente a raudales, ése es la Puerta del Sol. Caminemos por la línea del tiempo hasta retroceder 111 años, más de un siglo de viaje que nos lleva, sin escalas, al corazón de la Villa.

Creo que fue el domingo pasado cuando estuve un rato observando la fauna y flora nocturna de este lugar y llegué a la conclusión de que en este escenario tan ligado a nuestra ciudad se han perdido los modales. Suciedad, decenas de  “artistas” callejeros, relaciones públicas de discotecas y bares nocturnos. No sé, tengo la sensación de que este lugar, antaño elegante y refinado está derivando en un chiringuito de playa, donde todo vale y poco se respeta. Un teatro en sesión continua cuyas tramoyas destapan a la luz más carencias que virtudes.

No me gusta en lo que ha mutado la Puerta del Sol, ha perdido alma y nobleza, desazón que va en aumento cuando uno ve fotografías como la que nos ocupa este martes. Una plaza, en 1904, con gente elegante, con gusto, donde si nos fijamos nos vamos a ver ni un solo papel en el suelo ¡Ojalá fuera así ahora! En primer término destacan dos mujeres arregladas, con sombrillas y sombreros cargados de adornos, que parece avanzan con paso apurado. Entre ellas, se nos ha colado un pequeño perro, quien no quiso perderse la ocasión de salir en la fotografía.

Otro punto de interés es el hombre que, gracias a un original bastón, parece descansar su pierna izquierda mientras no pierde pista de lo que ocurre a pocos metros de él. Allí un grupo de mocetes parece armar o comentar alguna trastada mientras que en último plano ya nos quedamos contagiados del característico bullicio de la Puerta del Sol, esta vez personificado en aquellos primitivos tranvías y vistosos carruajes. Un tráfico de lo más original.

Aquella Puerta del Sol estaba reluciente, la gente la cuidaba y se sentía en parte responsable de su salud. Una gente que, sin importar clase social o estamento, siempre vestía de forma pomposa y delicada. Una plaza con unos comercios hoy inviables en este lugar lleno de franquicias y multinacionales, como una peluquería o una sedería. Ojalá el espíritu de aquel Madrid esucitase aunque sea un poquito. ¿O no?

Puerta del Sol 1905, Madrid

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