Me gusta, me fascina, me cautiva. Me refiero a estos recuerdos antiguos que nos demuestran como hubo un tiempo en el que muchos elementos urbanos de Madrid fueron en su día mucho más cercanos al peatón. Como ellos formaban parte del día a día de la gente. Como la ciudad estaba más involucrada en la vida de sus vecinos. Reían y lloraban juntos. No como ahora que muchos de nuestros tesoros se han convertido en piezas de “semiraperonosetoca”. Buscando quizás, que se les valore más como tesoros aislados. Buscando, también quizás, que el gamberro de turno lo tenga ligeramente más complicado, en su incomprensible anhelo de destrozar algo que nos pertenece a todos, Madrid.

Esta fotografía data del año 1906. En aquella España reinaba Alfonso XIII. En aquel Madrid la gente se impacientaba por una Gran Vía que tardaría en hacerse realidad unos añitos más. ¿El Metro? Era un sueño que apenas tenía todavía forma y cimientos. Y como vemos, la Puerta de Toledo todavía hacía funciones de puerta. Con sus viviendas floreciendo a los lados. Con sus vecinos arremolinándose en los puestos callejeros que, crecían cada mañana, como verdes brotes, a los pies de este acceso de Madrid.

Es un paisaje urbano al que estamos relativamente habituados. La Puerta de Toledo se mantiene más o menos igual pero la vida que hormigueaba a su alrededor desapareció. Se evaporó a la par que esta enorme cancela iba abandonando su vida útil para ir mutando en monumento. Una jubilación dorada, tras siglos de servicio que según me cuentan, ahora la tiene ciertamente hastiada. Dice que echa de menos aquellos días, los chascarrillos de sus vecinos, la bulla de los carruajes que daban paso a los tranvías, los juegos de los niños. En definitiva, sentirse más parte de Madrid.

Puerta de Toledo, Madrid

Puerta de Toledo, en 1906

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