Una privilegiada tierra de nadie. Esa es la sensación que me llevo de la Plaza de Santo Domingo cada ocasión que me dejo asomar por ella. Con una ubicación sobresaliente, entre Gran Vía y el entorno del Palacio Real, es una zona que seguramente podría estar mejor aprovechada de lo que está de cara al peatón.

La madeja de angostas callejuelas que desembocan en ella nos permiten hacernos a la idea de porqué fue necesaria la construcción de la Gran Vía, con el claro objetivo de oxigenar el corazón de Madrid. El nombre de esta céntrica explanada nombre le viene dado por el Convento de Santo Domingo el Real que estuvo en la zona y que se derribó a mediados del Siglo XIX. Hoy retrocedemos en el tiempo pero no tanto, nos vamos a detener en el año 1913, momento de la historia en el que tomó la fotografía que nos ocupa esta semana.

En ella no aparece ningún monumento emblemático de la ciudad, incluso podríamos decir que el encuadre deja bastante que desear pero es precisamente por eso, por su naturalidad, por lo que apetece observarla con detenimiento. Con esta captura tenemos la sensación de estar espiando al Madrid de hace un siglo a través de un agujerito. Ya por entonces los madrileños gustaban de hacer vida en las calles, se detenían en las aceras, charlaban e improvisaban encuentros. Quizás una costumbre que no vendría mal que recuperásemos.

Sus ropajes oscuros, sus capas y gorras… estilimos que ahora, en parte, nos sorprenden y que gracias a estos testimonios visuales podemos dar certeza y veracidad. La fotografía está tomada al inicio de la cuesta, desde la cual ya se intuye la pendiente de la que habla su nombre. Personalmente, me encantan estas fotografías que nos hablan y enseñan cómo era la vida en la ciudad que jamás conocimos. Retales de un Madrid en blanco y negro que nos invitan a soñar.

Plaza de Santo Domingo 1913, Madrid

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